Una experiencia muy dolorosa cuando, por ejemplo, una persona que ama al Señor atraviesa una fase durante la cual no detecta en sí misma ni el más mínimo átomo de fervor, pero sí un profundo disgusto por las cosas espirituales. Haber entregado la vida a Dios y verse incapaz hasta del más insignificante movimiento hacia Él constituye un terrible sufrimiento, pues lo que parece haberse perdido es el sentido mismo de la vida. El fruto de esta prueba, sin embargo, es éste: impedir al hombre toda posibilidad de apoyarse en el bien de que es capaz para que la misericordia divina se convierta en el único fundamento de su vida. Se trata de una auténtica revolución interior: hacer que no nos apoyemos en nuestro amor a Dios, sino exclusivamente en el amor que Dios nos tiene – La libertad interior.

Jacques Philippe

En mi opinión, las pruebas que se pueden atravesar en la vida cristiana —esas «purificaciones» en el lenguaje de la mística— no poseen otro sentido que el de obrar la destrucción de cuanto hay de artificial o de «construido» en nuestra personalidad, de modo que pueda emerger nuestro ser auténtico y sepamos lo que somos para Dios. Las noches espirituales son —podríamos decir— empobrecimientos en ocasiones muy rudos, que eliminan radicalmente en el creyente toda posibilidad de apoyarse en sí mismo, en sus conocimientos (humanos o espirituales), en sus talentos y capacidades e incluso en sus virtudes. Y, sin embargo, son empobrecimientos beneficiosos porque le ayudan a poner su identidad allí donde realmente está.

En la noche espiritual el hombre se descubre absolutamente pobre e incapaz de cualquier bien y cualquier amor, y capaz de todos los pecados que existen en el mundo. Una experiencia muy dolorosa cuando, por ejemplo, una persona que ama al Señor atraviesa una fase durante la cual no detecta en sí misma ni el más mínimo átomo de fervor, pero sí un profundo disgusto por las cosas espirituales. Haber entregado la vida a Dios y verse incapaz hasta del más insignificante movimiento hacia Él constituye un terrible sufrimiento, pues lo que parece haberse perdido es el sentido mismo de la vida. El fruto de esta prueba, sin embargo, es éste: impedir al hombre toda posibilidad de apoyarse en el bien de que es capaz para que la misericordia divina se convierta en el único fundamento de su vida. Se trata de una auténtica revolución interior: hacer que no nos apoyemos en nuestro amor a Dios, sino exclusivamente en el amor que Dios nos tiene – La libertad interior.