Se le debe hacer sentir (más vale que no lo formule con palabras) «¡qué distintos somos los cristianos!»; y por «nosotros los cristianos» debe referirse, en realidad, a «mi grupo»; y por «mi grupo» debe entender no «las personas que, por su caridad y humildad, me han aceptado», sino «las personas con que me asocio por derecho». Nuestro éxito en esto se basa en confundirle.

Si tratas de hacerle explícita y reconocidamente orgulloso de ser cristiano, probablemente fracasarás; las advertencias del Enemigo son demasiado conocidas. Si, por otra parte, dejas que la idea de «nosotros los cristianos» desaparezca por completo y meramente le haces autosatisfecho de «su grupo», producirás no orgullo espiritual, sino mera vanidad social, que es, en comparación, un inútil e insignificante pecadillo – Cartas del diablo a su sobrino.