Llegaré, Señor, hasta donde Tú quieras, pero dame fuerzas, y el socorro a su debido tiempo…, mira, Señor, lo que soy.

El día de Nochebuena le entregué al Señor Jesús Niño, lo último que quedaba de mi voluntad. Le entregué hasta mis más pequeños deseos… ¿Qué me queda?… Nada. Ni aun deseos de morir. Ya no soy más que una cosa en posesión de Dios. Mas Señor, ¡qué pobre cosa posees! Pobre hermano Rafael…, viniste a la Trapa a sufrir…, ¿de qué te quejas?… No me quejo, Señor, pero sufro sin virtud.

Unas lagrimillas en mi soledad el día de Nochebuena… Tú, Señor, que todo lo sabes y todo lo ves…, también todo lo perdonas. Llena, Señor, mi corazón… Llénalo de eso que no me pueden dar los hombres.

Mi alma sueña con amores, con cariños puros y sinceros. Soy un hombre hecho para amar, pero no a las criaturas, sino a Ti, mi Dios, y a ellas en Ti… Solo a Ti quiero amar, solo Tú no defraudas. Solo en Ti se verá la ilusión cumplida.

Dejé mi hogar… Destrocé pedazo a pedazo mi corazón… Vacié mi alma de deseos del mundo… Me abracé a tu Cruz: ¿qué esperas, Señor? Si lo que deseas es mi soledad, mis sufrimientos y mi desolación…, tómalo todo, Señor, nada te pido.

San Rafael Arnaiz Barón