¡Padre mío: me abandono en ti! En tus manos me entrego con lo poco que soy. Acepto y amo esta pequeña luz de mi inteligencia. En tu voluntad acepto y amo el misterio de mis limitaciones. No quiero sentir más tristezas por mi insignificancia. Te doy gracias por haberme hecho capaz de pensar que pienso. Gracias por la memoria. En tus manos, Padre mío, me entrego con lo poco que soy. Durante muchos años almacené rencor y frustración contra mi modo de ser. ¡Sentía en mí tanta melancolía y depresión, tanta timidez y orgullo! Dios mío, yo no escogí nada de esto. Depositaron en mis hombros una pesada cruz. No me gusta este mi modo de ser. Pero no puedo desprenderme de él como quien se desprende de una ropa. Dios mío, no quiero más guerras interiores; quiero paz y reconciliación. En tu amor acepto y amo esta extraña y contradictoria personalidad. Hágase tu voluntad. En tu amor acepto y amo tantas cosas de mí mismo que no me gustan, una por una, lentamente… Jesús, sé tú para mí el buen cirineo que me ayude a llevar mi cruz. Gracias por la vida. Gracias por el alma. Gracias por mi destino eterno. Padre mío, me abandono en ti. Amén. — Muéstrame tu rostro, Pag 150

Ignacio Larrañaga