¿A quién te diriges, alma mía? Me dirijo a ti, Padre eterno; y te suplico a ti, Dios benignísimo, que a nosotros todos y a tus servidores nos hagas partícipes del ardor de tu caridad. Dispón, Señor, nuestras almas para recibir el fruto de las oraciones y de la doctrina, que se expanden por medio de tu luz y tu caridad…Yo llamo a la puerta de tu verdad; busco y grito ante tu divina Majestad, y suplico misericordia a los oídos de tu clemencia por todo el mundo, y singularmente por la santa Iglesia, porque he conocido en la doctrina del Verbo que quieres que continuamente me alimente de este santo manjar. — Catalina de Siena: La Celda Interior, Pag 16

Santa Catalina de Siena

Puesto que lo quieres, amor mío, no me dejes morir de hambre… “¡Deidad, Deidad, inefable Deidad y suma Bondad! Sólo por amor nos has hecho a imagen y semejanza tuya, diciendo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”…  Así lo hiciste dando al hombre cierta forma de Trinidad en las potencias del alma: entendimiento, para conocer, memoria, para acordarse de ti, y voluntad y amor, para amarte sobre todas las cosas.

De este amor no nos puede privar ni el demonio ni otra criatura, si nosotros no lo queremos ¡Alta, eterna Trinidad, amor inestimable! Tú te manifiestas a ti y a tu verdad a nosotros, por medio de la sangre de Cristo. Por ello comprendemos tu poder, pues has podido limpiarnos de los pecados con esa sangre. Tú nos mostraste tu sabiduría, y con el cebo de nuestra humanidad, con que cubriste el anzuelo de la divinidad, atrapaste al demonio y le quitaste el dominio que tenía sobre nosotros. Esta sangre nos muestra tu amor y caridad, pues sólo con el fuego del amor  nos redimiste, sin tener necesidad de nosotros…