¡Oh locura, que no sabe amar humanamente a los hombres! ¡Oh necio del hombre que sufre inmoderadamente por las cosas humanas! Todo esto era yo entonces, y así me abrasaba, suspiraba, lloraba, me turbaba y no hallaba descanso ni consejo. Llevaba mi alma rota, ensangrentada, y que no soportaba ser llevada por mí, pero no hallaba dónde ponerla. Ni descansaba en los bosques amenos, ni en los juegos y cantos, ni en los lugares perfumados, ni en los banquetes espléndidos, ni en los deleites de la alcoba y de la cama, ni, finalmente, en los libros ni en los versos. Todo me causaba horror, hasta la misma luz; y cuanto no era lo que era él, me resultaba insoportable y odioso, fuera de gemir y llorar, pues sólo en esto hallaba algún descanso. Y si apartaba de esto a mi alma, luego me abrumaba la pesada carga de mi miseria — Confesiones de San Agustín. Pag 22

San Agustín

A ti, Señor, debía ser elevada para ser curada. Lo sabía, pero ni quería ni podía. Tanto más cuanto que lo que pensaba acerca de ti no era algo sólido y firme. No eras tú, sino un fantasma vano, y mi error era mi Dios. Y si me esforzaba por apoyar sobre él mi alma para que descansara, luego resbalaba como quien pisa en falso y caía de nuevo sobre mí, siendo yo para mí mismo una morada infeliz, en donde ni podía estar ni me era posible salir. ¿Y adónde podía huir mi corazón de mi corazón? ¿A dónde huir de mí mismo? ¿A dónde no me seguiría yo a mí mismo? Con todo, huí de mi patria, porque mis ojos le habían de buscar menos donde no solían verle (al amigo). Y así que me fui de Tagaste a Cartago.

Esto es lo que se ama en los amigos; y de tal modo se ama, que la conciencia humana se considera rea de culpa si no ama al que le ama, o no corresponde al que le amó primero, sin buscar de él otra cosa exterior que tales signos de benevolencia. De aquí el llanto cuando muere alguno, y las tinieblas de dolores, y el afligirse el corazón, cambiada la dulzura en amargura; y la muerte de los vivos proviene de la pérdida de la vida de los que mueren. Bienaventurado el que te ama a ti, Señor; y al amigo en ti, y al enemigo por ti. Porque solo no podrá perder al amigo quien tiene a todos por amigos en aquel que no puede perderse. ¿Y quién es éste sino nuestro Dios, el Dios que ha hecho el cielo y la tierra y los llena, porque llenándoles los ha hecho? Nadie, Señor, te pierde, sino el que te deja. Mas porque te deja, ¿adónde va o adónde huye, sino de ti sereno a ti airado? Pero ¿dónde no hallará tu ley para su castigo? Porque tu ley es la verdad, y la verdad, tú.