Por encima de todas las resistencias de la naturaleza impondré el grito de Jesús: «No se haga lo que yo quiero sino lo que tú». Pasarán las semanas como en un plano inclinado. Me abandonaré con más docilidad que nunca en los brazos del Padre como un río caudaloso que acaba en la muerte. No resistiré a la muerte.

Me entregaré como Jesús, y la muerte no obtendrá la victoria sobre mí. Yo venceré a la muerte, aceptándola, y diciendo: «Padre amado, en tus manos entrego mi vida». Aunque tenga que caminar por rutas desconocidas y por oscuros despeñaderos, «nada temo, porque tú vas conmigo. Tu bondad y misericordia me acompañan todos los días de mi vida» (Sal 22). —Muéstrame tu Rostro. Pag, 80

Ignacio Larrañaga