Son muchas las personas comprometidas a fondo con el Señor a quienes he oído desahogarse con expresiones parecidas a estas. Tengo en este momento la seguridad de tocar esta piedra y pisar este suelo. Si yo tuviera la misma seguridad en que mi Dios es verdaderamente Dios vivo, sería yo el hombre más feliz del mundo.
Si el silencioso se transformara en voz, siquiera en una voz más leve que la brisa, si el invisible se transformara en una teofanía siquiera en el instante de un relámpago, si una gratuidad infusa marcara sobre la sustancia de mi alma la cicatriz de Dios siquiera una vez en la vida, yo sería valiente, alegre, fuerte, me metería en todos los combates, asumiría sin quebrarme los golpes de la vida, perdonaría con facilidad, superaría con felicidad las crisis, amaría sin medida.
Si hubiese para mí una «visitación» súbita, marcante e inefablemente consoladora, si por un solo instante el fulgor del Rostro del Señor rasgara como un relámpago la oscuridad de mi noche, habría en mi vida «más alegría que si hubiera abundancia en trigo y en vino» (Sal 4).
Pero no hay tregua. En la retaguardia mental del creyente siempre queda silbando un eco de incertidumbre. Una cierta inseguridad parece pertenecer a la naturaleza misma de la fe. El creyente siempre tiene la impresión de correr un riesgo. De allá precisamente emana la grandeza de la fe. — Muéstrame tu rostro. Pag, 77
Ignacio Larrañaga