¡Oh flor! Tú no germinaste del rocío,
ni de las gotas de lluvia,
ni el aire por sobre ti tendió su vuelo,
sino que la divina claridad
en un nobilísimo vástago te dio origen.

¡Oh vástago! tu florecimiento
Dios en el primer día
para su creatura
había previsto.

Y de su Palabra,
Él hizo la materia áurea,
¡oh Virgen laudable!

¡Oh cuán grande es
en sus fuerzas
el costado del varón,
del cual Dios produjo la forma de la mujer,
a la que hizo espejo
de todo su esplendor
y ampliación de toda creatura suya!

De allí las arpas celestiales cantan
y toda la tierra se admira,
¡Oh, laudable María!
porque Dios mucho te amó.

 

O Virga ac diadema, 2a

 

Santa Hildegarda de Bingen