Los jóvenes (algunos) dicen que ellos no se preocupan de rezar porque… ¿para qué?, ¿para ser inmaduros y vivir descontentos como los que rezan? Fácilmente pueden comprender estos jóvenes que si algunos de los mayores son «así», no lo serán por rezar. A lo sumo, podría ser por rezar mal, o no rezar bien. No obstante uno se pregunta: Si, rezando, son así, ¿cómo serían si no rezaran? De parte de los que critican, ¿no se tratará de razones de exportación o de sutiles racionalizaciones para justificar su comportamiento? — Muéstrame tu Rostro. Pag, 157

Ignacio Larrañaga

Sea como fuere, ese fenómeno que algunos jóvenes señalan y acusan (la incoherencia entre la oración y la vida) siempre me ha inquietado. No se puede unlversalizar, es verdad. No sucede en todos. Uno conoce innumerables casos (sin descontar la propia historia) en que las personas hacen esfuerzos sobrehumanos y prolongados para, en Dios, superar los defectos congénitos y los rasgos negativos de personalidad.

Con gran esfuerzo consiguen superar en tres oportunidades y caen seis veces. Cuando están prevenidos (atentos a sí mismos) se superan casi siempre. Ocurre, sin embargo, que normalmente, no están prevenidos y por eso caen con frecuencia. Hasta notar un pequeño progreso con el mejoramiento de sus rasgos negativos han necesitado innumerables actos de vencimiento, ¡cuánto más para que se den cuenta los demás! No se puede decir tan alegremente «rezan y no cambian». No sabemos de sus esfuerzos silenciosos. El cambio es siempre evolutivo y sumamente lento.