El hombre artificial, el que está sometido a las tiranías del «yo», está siempre vuelto hacia fuera, obsesionado por quedar bien, causar buena impresión («que dicen de mí», «que piensan de mí») y al vaivén de estos avatares sufre, teme, se estremece. La vanidad y el egoísmo atan al hombre a una existencia dolorosa, haciéndolo esclavo de los caprichos del «yo». En cambio, el hombre desposeído es un hombre esencialmente hacia dentro. Como ya se convenció de que el «yo» es una mentira, le tiene sin cuidado lo que digan o piensen en referencia a un «yo» que él sabe que no existe. Por eso, vive desligado de las preocupaciones artificiales en una gozosa interioridad. A pesar de vivir entre las cosas y los acontecimientos, su morada está en el reino de la serenidad. Desarrolla actividades externas pero su intimidad está instalada en un fondo inmutable. Sin poder ni propiedades el desposeído hace el camino mirándolo todo con ternura, tratándolo todo con respeto y veneración. Su vestidura es la paciencia y sus entrañas están tejidas de mansedumbre. Nada tiene que defender porque está desprendido de todo — El arte de ser feliz, Pag 78

Ignacio Larrañaga