La gran razón que nos hace temer la muerte es el hecho de que no estemos preparados para ella. La mayor parte de nosotros muere una sola vez, cuando deberíamos haber muerto mil veces; es más, cuando deberíamos haber muerto una vez por día. La muerte es una cosa terrible para aquel que muere solamente cuando se va de este mundo; pero es una cosa hermosa para aquel que muere antes de morir.
Hay una interesante inscripción en la tumba de Escoto Erígena en Colonia, que dice: «Semel sepultus bis mortuus»: una doble muerte precedió su entierro. No hay un viajero sobre cien que entienda el misterio de amor que ocultan estas palabras – Conozca la religión.

Fulton Sheen

La gran razón que nos hace temer la muerte es el hecho de que no estemos preparados para ella. La mayor parte de nosotros muere una sola vez, cuando deberíamos haber muerto mil veces; es más, cuando deberíamos haber muerto una vez por día. La muerte es una cosa terrible para aquel que muere solamente cuando se va de este mundo; pero es una cosa hermosa para aquel que muere antes de morir.
Hay una interesante inscripción en la tumba de Escoto Erígena en Colonia, que dice: «Semel sepultus bis mortuus»: una doble muerte precedió su entierro. No hay un viajero sobre cien que entienda el misterio de amor que ocultan estas palabras.

Después de la muerte no hay remedio para una vida malvada. Pero antes de la muerte hay remedio; consiste en morir para nosotros mismos, con lo cual seguimos la ley de la inmolación que es la ley del universo entero. No hay otra forma de penetrar en una vida superior, salvo morir en la inferior; no hay posibilidad de que el hombre goce de una existencia ennoblecida en Cristo, a menos que se arranque a sí mismo de su antiguo Adán. Para aquel que vive una vida de mortificación en Cristo, la muerte no llega nunca como un ladrón subrepticio en la noche, porque es él el que la toma de sorpresa. Morimos diariamente para aprender a morir, y también para poder morir.

Nos guste o no, no hay forma de eludir esta verdad, “así como fue sentenciado a los hombres morir una sola vez, después de lo cual viene el juicio” (Hebreos 9, 27). Así como nuestros parientes y amigos se reúnen alrededor de nuestro ataúd y se preguntan: “¿Cuánto dinero dejó?”, se preguntarán los ángeles: “¿Cuánto se llevó consigo?”