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Hemos dejado «morir» a Dios, pero nacen los monstruos: el absurdo, la náusea, la angustia, la soledad, la nada…Como dice Simone de Beauvoir, al suprimir a Dios nos hemos quedado sin el único interlocutor que realmente valía la pena.

Y la vida viene a ser, como dice Sartre, una «pasión inútil», como un relámpago absurdo entre dos eternidades de oscuridad.

Con frecuencia no puedo evitar el dar vueltas en mi mente al siguiente interrogante: ¿Cómo será el final de quienes han vivido como si Dios no existiera?


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Es el momento cumbre de la vida. Cuando adviertan que ya no hay esperanza, que solo les restan unas semanas de vida, ¿a quién clamar?, ¿a quién ofrendar ese holocausto?, ¿dónde sujetarse?, ¿a quién agarrarse? No habrá asidero. —Muéstrame tu Rostro. Pag, 33

Ignacio Larrañaga