¿Qué ofreceremos nosotros, hermanos míos, o qué le volveremos por todos los bienes que nos ha hecho? Él ofreció por nosotros la víctima más preciosa que tuvo, y que no puede haber otra más preciosa; hagamos también nosotros lo que podamos, ofreciéndole lo mejor que tenemos, que somos nosotros mismos.

Él se ofreció a sí mismo; ¿tú quién eres que dudas ofrecerte? ¡Oh, si yo tuviera la dicha de que se dignara recibir mi ofrenda una Majestad tan grande! Dos cosas cortas tengo, Señor, que son el cuerpo y el alma, ¡ojalá que te las pueda ofrecer en sacrificio de alabanza!

Mejor es para mí y mucho más útil y glorioso ofrecerme a ti que dejarme para mí mismo. Porque en mí mismo se turba mi alma, y mi espíritu se alegrará en ti si sinceramente es ofrecido. —La Virgen Madre, pág. 94

San Bernardo de Claraval