Así, desde la cima de la torre más alta de las ciudades, he descubierto que ni el sufrimiento ni la muerte en el seno de Dios, ni el duelo mismo eran de lamentar. Porque el desaparecido, si se venera su memoria, es más presente y más poderoso que el viviente. Y he comprendido la angustia de los hombres y compadezco a los hombres. Y he decidido curarlos. Tengo piedad sólo de aquel que se despierta en la gran noche patriarcal creyéndose al abrigo bajo las estrellas de Dios, y que de pronto siente el deseo del viaje. He prohibido que se interrogue, sabiendo que no hay nunca respuesta que sacie. El que interroga busca antes que nada el abismo — Ciudadela. Pag, 7

Antoine de Saint-Exupéry

Condeno la inquietud que empuja a los ladrones al crimen, porque he aprendido a leer en ellos y sé que no los salvo si los salvo de su miseria. Pues si creen codiciar el oro de los otros se equivocan. Pero el oro brilla como una estrella.

Este amor que se ignora a sí mismo se dirige a una luz que no apresarán jamás. Van de reflejo en reflejo, hurtando bienes inútiles, como el loco que para asir la luna que se refleja extrajera el agua negra de las fuentes. Van y arrojan al fuego breve de las orgías la ceniza vana que han robado. Después reanudan sus estaciones nocturnas pálidos como en el umbral de una cita, inmóviles por el temor de asustar, imaginándose que aquí reside eso que quizá los colmará algún día.

Ese, si lo libero, permanecerá fiel a su culto, y mis hombres de armas aplastando las ramas lo sorprenderán mañana, todavía en los jardines de los otros, pleno del latido de su corazón y creyendo sentir, en esa noche, inclinarse la fortuna hacia él. Y ciertamente, los cubro antes que a nadie con mi amor, reconociéndoles más fervor que a los virtuosos en sus tiendas. Pero soy constructor de ciudades. He decidido asentar aquí los cimientos de mi ciudadela. He contenido la caravana en marcha. Era semillas en el lecho del viento. El viento acarrea como un perfume la simiente del cedro. Yo resisto al viento y entierro la semilla, con intención de desparramar los cedros para gloria de Dios. Es preciso que el amor encuentre su objeto. Salvo sólo a aquel que ama lo que es y que puede ser satisfecho.