En el conocimiento de sí misma, por una santa reflexión, es decir, pensando quién es la que ofende a Dios, el ofendido por ella. Ella se ve, en cuanto a su humildad, como que es lodo, hecha de la espuma de la tierra, un verdadero saco de hediondez que por todas partes arroja pestilencia. Ella está sometida a muchas miserias y necesidades, y sujeta a la muerte, y espera morir, y no sabe cuándo — Celda Interior. Pag, 11

Santa Catalina de Siena

Por eso cuando reflexiona y ve que tal miseria es como un instrumento que no suena sino a ofensa ante el sumo y eterno Bien (dulce bondad de Dios de la que he recibido el ser y toda gracia espiritual sobreañadida de Él), llega al oído de su propia fragilidad. Entonces, por la gracia recibida, es cuando reconoce que Dios debe ser servido y no ofendido por nosotros… ¡Oh ceguera humana! ¿A qué mayor miseria podemos llegar que a convertirnos en animales sin razón? No podríamos sufrir, que alguien nos dijese «eres un animal»; hasta intentaríamos vengarnos de quien nos lo hubiera dicho, a pesar de ser tan grande nuestra fragilidad que nos convertimos en animales irracionales.

Esto proviene de que no nos conocemos; por lo cual no comprendemos la gravedad de nuestros pecados (C 362; Cfr Diálogo 140). Esa cara negativa del ser humano en su miseria y pequeñez deja al descubierto las raíces, el tallo y los frutos del «árbol del pecado» con raíces de soberbia. En la celda interior hay que revisarlo todo, desde el conocimiento de sí mismo en la debilidad. No somos quienes para ensoberbecernos sino para vivir en humildad. Somos la cara oscura del ser, la que siempre necesita que amanezca el sol. Más eso no es todo.

En la misma celda interior que quema el amor propio y la soberbia se descubre, también otra faz del hombre: la de una persona con vocación de hijo amado. A disposición natural del hombre están el entendimiento, el libre albedrío, la imaginación, los sentimientos y las manos, si quieren trabajar.  Todo ese conjunto de valores y dones se puede organizar en servicio a la Verdad y el Amor; pero hay que hacerlo desde el jardín de la naturaleza y gracia, plantando el árbol del bien, de la verdad, de la caridad, en la tierra de la humildad.