Un día, mientras estaba orando en mi habitación, tuve otra de aquellas imágenes interiores, posiblemente sugerida por el versículo bíblico que estaba reflexionando. Era como si Jesús pasara delante de mí con la misma actitud que tenía cuando regresando del Jordán se disponía a dar inicio a su predicación. Decía: Si quieres venir a ayudarme a proclamar el reino de Dios, ¡deja todo y ven! «Deja todo», quería decir la enseñanza en la universidad, todo aquello que has hecho hasta ahora. Por un momento tuve miedo de no estar preparado, porque aquel Jesús parecía que estaba decidido y tenía prisa; invitaba pero no se detenía. — El Bautismo en el Espíritu. Pag, 8

Raniero Cantalamessa

Pero me di cuenta de que en mi corazón existía ya un sí pacífico, seguro, puesto allí, estoy convencido, por la gracia de Dios. Me levanté siendo un hombre diverso del que había comenzado a orar. Me dirigí a mi superior general a comunicarle mi inspiración y fue allí donde descubrí qué gran don es para nosotros los católicos y para nosotros los religiosos y sacerdotes el
tener una autoridad, el tener a tales representantes de Dios sobre la tierra.

Sólo así pude estar seguro de que era realmente la voluntad de Dios, y no una presunta inspiración mía. Mi superior me dijo que esperase un año, después del cual estuvo de acuerdo en que se trataba realmente de una llamada de Dios y me dio su bendición para comenzar a ser predicador itinerante del Evangelio, al estilo de san Francisco de Asís.