Con dos o tres preguntas que me hizo, tuvo el sabio director para definirme lo que hacía muchos meses que me traía inquieta, creyéndome culpable de una falta de gracia. Me dijo que esas penas habían hecho cierta purificación en mi amor y que entonces Dios había simplificado mi alma, lo cual significaba un nuevo aumento de unión con Él.

Esta explicación, reverendo padre, me llenó de luz y vimos claramente que no era aquello sino un quedar uno lo que era múltiple; un vivir sin detalles, porque se tiene el total; un cristalizarse lo que andaba opaco… ¿Cómo diré? ¡Es más asemejarse a Dios tan simple, tan uno!

Entendí, entonces, padre mío, aquello de actos indistintos que había leído sin entenderlo. Tanto obrar, tanto pensar, tanto querer y ser en la parte íntima del alma un solo acto. Parecido esto, aunque remotamente a la diversidad o distinción de las Personas en la Augusta Trinidad, y la tan absoluta Esencia divina. ¿Y cómo se verifica en el alma esta unificación, esta simplificación? No lo sé. Dios se va reflejando en el alma. ¡Eso es todo! —Historias de las misericordias de Dios a un alma. Pag, 807

Santa Laura Montoya