La Iglesia condena el pecado porque debe decir la verdad. Dice: «Esto es un pecado». Pero al mismo tiempo abraza al pecador que se reconoce como tal, se acerca a él, le habla de la misericordia infinita de Dios. Jesús ha perdonado incluso a aquellos que lo colgaron en la cruz y lo despreciaron. Debemos volver al Evangelio. Allí vemos que no se habla tan sólo de bienvenida o de perdón, sino que se habla de una «fiesta» para el hijo que regresa. La expresión de la misericordia es la alegría de la fiesta, que encontramos bien expresada en el Evangelio de san Lucas: «Habrá más alegría en el cielo por un pecador convertido que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión» (15, 7) — El nombre de Dios es misericordia, Pag 30

Papa Francisco

No dice: ¡y si después fuera a recaer, volver atrás, cometer más pecados, que se las apañe solo! No, pues a Pedro, que le preguntaba cuántas veces había que perdonar, Jesús le dijo: «Setenta veces siete» (Evangelio de san Mateo 18, 22), es decir, siempre. Al hijo mayor del padre misericordioso le ha sido permitido decir la verdad sobre lo que ha sucedido, aunque no lo entendiera, entre otras cosas porque el otro hermano cuando ha empezado a acusar no ha tenido tiempo de hablar: el padre lo ha callado y lo ha abrazado. Precisamente porque existe en el mundo el pecado, precisamente porque nuestra naturaleza humana está herida por el pecado original, Dios, que ha entregado a su Hijo por nosotros, no puede más que revelarse como misericordia.

Dios es un padre premuroso, atento, dispuesto a acoger a cualquier persona que dé un paso adelante o que tenga el deseo de dar un paso hacia casa. Él está allí contemplando el horizonte, nos aguarda, nos está ya esperando. Ningún pecado humano, por muy grave que sea, puede prevalecer sobre la misericordia o limitarla. Obispo de Vittorio Veneto desde hace algunos años, Albino Luciani celebra ejercicios con los sacerdotes y, comentando la parábola del hijo pródigo, dijo a propósito del Padre: «Él espera. Siempre. Y nunca es demasiado tarde. Es así, Él es así…, es Padre. Un padre que espera en la puerta. Que nos ve cuando aún estamos lejos y se conmueve, y corriendo se echa en nuestros brazos y nos besa tiernamente… Nuestro pecado entonces se convierte casi en una joya que le podemos regalar para proporcionarle el consuelo de perdonar… ¡Quedamos como caballeros cuando se regalan joyas, y no es derrota, sino gozosa victoria dejar ganar a Dios!».