Confesémoslo: de la oración esperamos siempre un fruto sensible, inmediatamente perceptible. Esto es un deseo santo, propio del creyente que anhela sentir la cercanía de su Dios. En cambio hay días, meses, años, en los cuales no pasa nada, estás sentado en el coro y te preguntas: «¿Qué hago aquí?» y te respondes: «voy a hacer otra cosa, voy a leer un libro, continúo preparando la homilía». Vivimos en la sociedad de las emociones, es cierto: ¡y aquello que me emociona es considerado como altamente significativo! También en la vida de oración, luego de haber vivido experiencias fuertes, en las que percibimos con claridad la hermosura de estar con el Señor, nace el deseo de que esta percepción dure por siempre — San Francisco de Asís. Pag, 5

San Francisco de Asís

En cambio no es así. Creo que esta situación pueda pertenecer a la experiencia de ese «sin nada propio» que nos hace libres delante a lo que fue, y nos abre continuamente a la novedad de Dios. Alguno afirmó que Dios es cada día nuevo. Estamos llamados a dejarnos plasmar por el Espíritu que nos dispone al encuentro siempre nuevo con Él; y en esta novedad hay espacio también para la aridez y el esfuerzo en el rezar. Hermano querido, en los días en que mientras oras, los pensamientos navegan, la mente y el corazón están explorando recuerdos o proyectando lo que deberás hacer dentro de algunas horas, no escapes; quédate allí con tu cuerpo, tómate del brazo de «hermana fidelidad», quédate como puedas delante del Señor.