Pero en la oración de aquel día, le dije al Señor: Tómame Dios mío, invádeme de tal modo que no quede nada en mí que no esté lleno de Ti, con esa propiedad que tienes para comunicarte e invadir a los que amas. Todo fue decirle esto a mi Dios, para sentirme llena de Él que ya no tuve otra oración, por más de veinte días. Y me producía lágrimas al repetirle a mi Dios: Señor, estoy tomada por Ti… ¡Me has invadido, me has tomado y has aumentado mi dolor de verte desconocido! En fin, aquellos veinte días nadé, por decirlo así, en un mar deífico, en una invasión del Ser de Dios, y todo, amado padre, por aquel incidente tan sin importancia, tan independiente de la oración.  — Historias de la misericordia de Dios en un alma. Pag, 180

Santa Laura Montoya

¿No es verdad, padre mío, que parece mentira que Dios aseche el camino para dársenos de modo tan delicado? Pues así es este Señor de mi vida, aunque se trate de persona vil y traidora como yo! ¡Que los cielos y la tierra le proclamen en sus grandezas y que los hombres le conozcan para que sean felices!

Ya lo dijo el mismo Jesucristo, Señor nuestro: «Y la bienaventuranza consiste en conocerme a mí juntamente con el Padre y el Espíritu Santo». Después de estos veinte días, mi oración continuó siendo un entregarse, un estado de darse que no sé definir, por más de dos meses. Bendito sea el señor de mi alma y para siempre le alabemos.