Quien ama verdaderamente, se representa siempre el rostro del ser amado y siente placer al abrazarlo en su imaginación. Un hombre semejante, no encuentra ningún descanso para su deseo, ni siquiera durante el sueño y continúa ocupándose del ser amado. Esto es habitual tanto para las realidades corporales como para las incorporales. Un hombre herido de amor decía acerca de sí mismo (y yo admiraba sus palabras): “Yo dormía, pero mi corazón velaba” (Ct 5:2) a causa de la grandeza de mi amor. — La Santa Escala, Pag, 164.

San Juan Clímaco