Porque en ti, Señor, he esperado; tú me escucharás, Señor, Dios mío. Es como si se le dijese: ¿Por qué no has abierto la boca? ¿Por qué no dijiste: Perdonad? ¿Por qué no increpaste a los malvados, cuando pendías de la cruz? Continúa y dice: Porque en ti, Señor, he esperado; tú me escucharás, Señor, Dios mío. Ya te he dicho lo que debes hacer, en caso de que te tropieces con el sufrimiento. Buscas defenderte, y tal vez nadie acepta tu defensa. Y te desazonas, como si tu causa estuviera perdida, porque no cuentas con la defensa ni el testimonio de nadie. Guarda interiormente tu inocencia, donde nadie puede violentar tu causa.

El falso testimonio te ha vencido, pero ante los hombres. ¿Acaso tendrá fuerza ante Dios, ante quien tu causa ha de ser expuesta? Cuando Dios sea el juez, no habrá ningún otro testigo que tu conciencia. Entre el juez justo y tu conciencia, no debes temer más que a tu causa; si ella no es culpable, no habrá temor a ningún acusador, no tendrás que desmentir a ningún falso testigo, ni andarás buscando a ninguno verdadero. Tú muestra tan sólo la buena conciencia, de manera que puedas decir: Porque en ti, Señor, he esperado; tú me escucharás, Señor, Dios mío — Comentario del salmo 37

San Agustín