Llega un momento en que esa virtud de la templanza, que conserva y defiende el orden interior, se hace visiblemente bella. Pero no es bella solo la virtud; a la vez se embellece el hombre. Una vez más es preciso que nos esforcemos por entender la esencialidad del concepto, es decir, el sentido originario de lo bello. Se trata de la belleza irradiada por el ordenamiento estructural de lo verdadero y de lo bueno, no la belleza facial o sensitiva de una agradable presencia. La hermosura de la templanza tiene una cara más espiritual, más seca y más viril. Su fascinación no está reñida con la hombría, sino que le cuadra esta con absoluta precisión — Las virtudes fundamentales, Pag 286

Josef Pieper

La templanza es el origen y condición de toda verdadera valentía, la virtud de una madurez varonil. En cambio el infantilismo de un desordenado no solo acaba con la belleza, sino que crea pusilánimes. Cuando el hombre pierde esa moderación de carácter integral, se hace inservible para plantear cara a la fuerza del mal que va causando estragos por el mundo. A las personas no se les nota en la cara si son justas o injustas. Al revés ocurre con la templanza o el desorden. Ambos gritan su presencia desde cualquier manifestación exterior del sujeto; se asoman a su risa, a sus ojos. Se las nota en la manera de andar o de estar sentado y hasta en los rasgos de la escritura.

La templanza, como orden de la esencia del hombre, no puede ocultarse, como no se oculta el alma, ni nada de lo que es vida de dentro. Pues, como el alma es la forma del cuerpo, salir a él y dejarse ver en él es algo que pertenece a su esencia.

Pero ese principio fundamental de toda antropología cristiana implica no solo la información del cuerpo por parte del alma, ¡no, también una dependencia por parte del alma de ese objeto de su información que es el cuerpo.

De aquí proviene un segundo aspecto de la templanza y de la destemplanza: los efectos exteriores que la virtud o el vicio producen tienen el poder de ejercer una influencia a su vez sobre el alma. De esto deriva la necesidad, el sentido y la justificación de un disciplinamiento de la sensibilidad en lo sexual, en el comer y beber, en la propia estimación o en la que nos viene por parte ajena, en la ira y en la concupiscencia de la vista.