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Pues bien, ¡basta de sufrir! Es hora de despertar, de enterrar el hacha de la ira, de sacudirte las ásperas escamas y mirarte a ti mismo con benevolencia y ternura, hasta convertirte en un gran amigo de ti mismo. A lo largo del recorrido de tu vida fuiste ciñendo tu figura con el cinturón de la hostilidad y tu cabeza con una corona de espinas.

Basta de martirizarte. Como la madre que extrema sus cuidados precisamente con el hijo más desvalido, amarás tú esa frágil vasija que es tu persona, precisamente por lo que y en lo que tiene de quebradiza, y la envolverás con un abrazo de piedad y ternura.

Esto puede sonarte a auto-compasión, pero no lo es, sino todo lo contrario. Las estrellas giran eternamente allá arriba, frías y silenciosas; los acantilados permanecen inconmovibles al borde del océano, con sus raíces hundidas en la arena; el invierno es frío, y el estío, ardiente.


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Las cosas son como son, y tú eres como eres: te gustaría ser alegre; no lo eres. Te gustaría brillar; no puedes. Te gustaría agradar a todos; no lo consigues. Te gustaría tener la inteligencia de éste, la hermosura de aquél, el encanto de aquel otro. Te gustaría, en suma, haber nacido de otra manera. ¡ Sueños locos, llamas de fuego! Es inútil. ¿Para qué lastimarte? ¡Despierta! —Del sufrimiento a la paz. Pag, 32

Ignacio Larrañaga