¡Ah! si yo supiera decir al mundo dónde está la verdadera felicidad! Pero el mundo esto no lo entiende, ni lo puede entender, pues para entender la Cruz, hay que amarla, y para amarla hay que sufrir, más no sólo sufrir, sino amar el sufrimiento…, y en esto ¡qué pocos, Señor, te siguen al Calvario!

Quisiera, Jesús mío, suplir yo, lo que el mundo no hace… Quisiera, Señor, amar tu bendita Cruz con toda el ansia que el mundo entero no pone, y debiera poner, si supiera el tesoro que encierras en tus llagas, en tus espinas, en tu sed, en tu agonía, en tu muerte…, en tu Cruz.


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San Rafael Arnaiz Barón

¡Oh! ¡la Cruz de Cristo! ¿Qué más se puede decir? Yo no sé rezar… No sé lo que es ser bueno… No tengo espíritu religioso, pues estoy lleno de mundo… Sólo sé una cosa, una cosa que llena mi alma de alegría a pesar de verme tan pobre en virtudes y tan rico en miserias… Sólo sé que tengo un tesoro que por nada ni por nadie cambiaría…, mí cruz…, la Cruz de Jesús. Esa Cruz que es mi único descanso…, ¡cómo explicarlo! Quien esto no haya sentido…, ni remotamente podrá sospechar lo que es.

Ojalá los hombres todos amaran la Cruz de Cristo… ¡Oh! si el mundo supiera lo que es abrazarse de lleno, de veras, sin reservas, con  locura de amor a la Cruz de Cristo… Cuántas almas, aun religiosas, ignoran esto… ¡qué pena! Cuánto tiempo perdido en pláticas, devociones y ejercicios que son santos y buenos…, pero no son la Cruz de Jesús, no son lo mejor…

¡Ah! si yo pudiera hablar o gritar en medio de los hombres, las sublimidades del amor a la Cruz… Pobre hombre que para nada vales ni para nada sirves, qué loca pretensión la tuya. Pobre oblato que arrastras tu vida siguiendo como puedes las austeridades de la Regla, conténtate con guardar en silencio tus ardores; ama con locura lo que el mundo desprecia porque no conoce; adora en silencio esa Cruz que es tu tesoro sin que nadie se entere. Medita en silencio a sus pies, las grandezas de Dios, las maravillas de María, las miserias del hombre del que nada debes esperar… Sigue tu vida siempre en silencio, amando, adorando y uniéndote a la Cruz…, ¿qué más quieres?

¡Ah! Señor Jesús… qué feliz soy…, he hallado lo que desea mi alma. No son los hombres, no son las criaturas… no es la paz, ni es el consuelo…, no es lo que el mundo cree…, es lo [que] nadie puede sospechar…, es la Cruz.

¡Qué bien se vive sufriendo!… a tu lado, en tu Cruz…, viendo llorar a María. ¡Quién tuviera fuerzas de gigante para sufrir!

Saborear la Cruz… Vivir enfermo, ignorado, abandonado de todos… Solo Tú y en la Cruz… Qué dulces son las amarguras, las soledades, las penas, devoradas y sorbidas en silencio, sin ayuda. Qué dulces son las lágrimas derramadas junto a tu Cruz.

¡Ah! si yo supiera decir al mundo dónde está la verdadera felicidad! Pero el mundo esto no lo entiende, ni lo puede entender, pues para entender la Cruz, hay que amarla, y para amarla hay que sufrir, más no sólo sufrir, sino amar el sufrimiento…, y en esto ¡qué pocos, Señor, te siguen al Calvario!

Quisiera, Jesús mío, suplir yo, lo que el mundo no hace… Quisiera, Señor, amar tu bendita Cruz con toda el ansia que el mundo entero no pone, y debiera poner, si supiera el tesoro que encierras en tus llagas, en tus espinas, en tu sed, en tu agonía, en tu muerte…, en tu Cruz.

Quién me diera sufrir junto a tu Cruz, para aliviar tu dolor.

Mírame, Señor, postrado a tus pies. Estoy loco, no sé lo que pido, ni sé lo que digo. Tengo miedo de pretender más de lo que puedo… ¿seré un insensato al pretenderlo? Señor, condúceme por el camino de la humildad… y nada más…

Tengo miedo, aunque…, perdóname Jesús mío, estando Tú a mi lado y dejándome yo hacer…, ¿qué he de temer?

No busco consuelo, no busco descanso… Sólo quiero amar la Cruz…, sentir la Cruz…, saborear la Cruz.