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Cuando el alma sea por sorpresa visitada por el Señor en la oración o fuera de ella con una claridad e intensidad particulares, no debe dejar pasar la oportunidad sino acudir a la llamada. Así lo hacía Moisés. Así lo hacía Jesús: dejando a la gente, se retiraba para «estar» con el Padre, acudiendo a la cita (Mt 14,23; Me 6,46; Le 5,16).

San Francisco, en sus correrías peregrinantes, cuando sentía una «visita» particular del Señor, enviaba a su compañero por delante y él se quedaba atrás caminando solo, atento a la llamada del Señor. Si esta «visita» lo sorprendía estando en un grupo de hermanos, envolvía su cabeza con el manto y así acudía a la cita del Señor.

La meditación es el camino; la contemplación es la meta. Alcanzado el fin, cesan los medios. Tocado el puerto, cesa la navegación. Terminada la peregrinación, cesan la fe y la esperanza que son como el viento que conduce la nave al Puerto. Una vez que, a través de la meditación, el alma ha llegado al «reposo sabático», debe abandonar los remos y dejarse llevar por las olas de la admiración, asombro, júbilo, alabanza, adoración.—Muéstrame tu Rostro. Pag, 285


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Ignacio Larrañaga