Me dijeron que alcanzara una estrella con la mano. Comencé por subir a los tejados, para alcanzarla. Continué escalando montañas. Me empiné sobre las crestas de las cordilleras, allá donde no llegan los cóndores. ¿Y la estrella? Cada vez más lejos de mi mano. Eso soy: simplemente un impulso, llama desprendida del leño, eterno peregrino que siempre busca y nunca encuentra.

¿Cuándo habrá para mí un planeta o una patria donde descansar y dormir? Te aclamo y reclamo. Te afirmo y confirmo. Te exijo y necesito. Te anhelo y conjuro. Te añoro y ansio. Mis alas están ya fatigadas de tanto volar. En este atardecer de oro, ahora que se apagaron los fuegos del día y la serenidad inunda la tierra, suba hasta ti mi humilde súplica: tú que sostienes los mundos en tus manos, calma y colma todas mis expectativas. Tengo sueño. Quiero dormir. —Muéstrame tu Rostro. Pag, 37

Ignacio Larrañaga