Abandonarse consiste, pues, en desprenderse de sí mismo para entregarse, todo entero, en las manos de Aquel que me ama.

(…) Liberarse consiste en depositar en sus manos todo lo que está consumado, todo lo que es impotencia y limitación: la ley de la precariedad, la ley de la transitoriedad, la ley de la insignificancia humana, la ley del fracaso, la ley de la enfermedad, la ley de la ancianidad, la ley de la soledad, la ley de la muerte.

Consiste, en suma, en aceptar el misterio universal de la vida. Y nuestra morada se llamará paz. — Del sufrimiento a la paz, pág.283

Ignacio Larrañaga