Muchas veces, se toma la castidad como si esta consistiera en un «no hacer». Por ejemplo, no tener relaciones, no mirar ciertas cosas en Internet, no realizar ciertas acciones, etc. Vista desde el «no», la castidad se presenta como un límite a la libertad, pues impide que uno haga tales o cuales cosas. Sin embargo, esta perspectiva no hace sino deformar la castidad, pues lejos de oponerse a la libertad, la castidad requiere de esta para empezar a existir.

1. Costumbre y hábito



Todo hábito se adquiere mediante la repetición de actos. Por ejemplo, para adquirir el hábito del estudio, no basta sentarse a estudiar una vez, sino que es necesario hacerlo varias veces. De este modo, de tanto repetir el acto, poco a poco se genera el hábito. Y mientras dicho acto más se sostiene en el tiempo, más fuerte se hace. Pero lo interesante es que la mera repetición de actos no basta para generar el hábito, se debe «querer» realizar dichos actos. Es decir, debe elegirlos libremente, lo cual implica que se tiene la posibilidad de optar por lo contrario. Eso es precisamente lo que distingue la costumbre del hábito.

Alguien a quien obligan a estudiar una hora todas las tardes durante algunos meses, puede que se acostumbre a estar sentado durante ese tiempo. Sin embargo, apenas desaparezca la obligación de hacerlo, no le costará usar ese tiempo para dedicarse a otra cosa, pues realmente nunca se hizo el hábito del estudio.



De igual forma, se tiene el caso de alguien a quien le gusta pasarse horas jugando Fortnite en el celular y, de pronto, tiene que dejar el equipo en el servicio técnico durante una semana. Si durante esa semana no juega porque no puede hacerlo —y no porque no quiera—, tal vez se acostumbre a pasar el rato y no jugar, pero apenas tenga de nuevo el celular, volverá al juego igual que antes. De hecho, probablemente vuelva con más fuerza por el tiempo que estuvo conteniendo las ganas de jugar.

2. Castidad y libertad

La castidad no es un acto, sino un hábito que se construye a partir de la repetición de actos. Sin embargo, para que se adquiera dicho hábito no basta hacer —o dejar de hacer— ciertas cosas, sino querer realizarlas —o dejar de hacerlas—. Ello supone precisamente que uno sabe por qué hace eso que hace, y elige libremente hacerlo. En materia de sexualidad, alguien que no realiza ciertos comportamientos solo porque no tiene la posibilidad de hacerlo —pero, de tenerla, lo haría—, no desarrolla el hábito de la castidad. Esta imposibilidad puede ayudar, pero para que se genere el hábito, hay que quererlo. Si no se ejercita la libertad, no hay castidad.

Para que haya verdaderamente castidad, ese «no» debe ser la consecuencia de un «sí» más grande. El acto a partir del cual se genera el hábito de la castidad es el de ordenar las fuerzas del mundo de la sexualidad hacia el amor. Amor entendido como la búsqueda del bien de la otra persona.

Es precisamente como consecuencia de ese «sí» que uno se abstiene de realizar ciertas acciones: aquellas que se oponen al amor. «Porque te amo —busco tu bien—, evito hacer contigo ciertas cosas». Elijo mirar a las otras personas como sujetos de amor, y por eso evito aquellas imágenes que las hacen ver como objetos de placer.

Se trata de ejercitar la libertad eligiendo una y otra vez el amor. Solo así se adquiere el hábito de la castidad. Si este tema te interesa o quieres profundizarlo más, te recomiendo la conferencia «Teología del Cuerpo. Sexo con sentido», allí podrás aclarar ¡muchas dudas!

Artículo elaborado por Daniel Torres.