Hay momentos en la vida en que los problemas traspasan las fronteras de nuestra fortaleza espiritual. Es totalmente normal, está bien reconocernos frágiles, también es normal que los comentarios positivos de otros no nos sirvan de aliento o que ya no nos queden ganas de ver todo con «actitud positiva».

A todos nos ha quebrado la tristeza en alguna etapa de la vida, y aunque nos preocupemos la mayor parte del tiempo por encontrar felicidad o tranquilidad, también está bien aceptar que no nos sentimos bien. Esta, es una carta con la que podemos sincerarnos con Dios en momentos de aflicción.



«Hoy no vengo a ti con el corazón rebosante de alegría, ni con ánimos de hablar de lo buena que ha sido nuestra relación. Hoy vengo agotada, exhausta y desesperanzada.

Porque a veces el dolor me doblega, me parte y me hace añicos. Me arrebata la paz y la felicidad, y me golpea con tal rudeza, que me deja sin aire. He dejado que la desilusión entre y se siente cómoda en la sala, con los brazos cruzados y los ojos llenos de satisfacción.



Me he rendido ante la impotencia y el desespero, de no entender por qué a pesar de que trato de dar mi mejor esfuerzo, las cosas salen mal, el sol me da la espalda y la paciencia se va a jugar al parque.

Lloro como un niña pequeña. Lo hago con desazón, con angustia, con ese ardor en la garganta que no me deja pasar saliva. Lloro porque tengo rabia conmigo misma, porque prometí que iba a ser más fuerte, que no iba a pagar con la misma moneda, que no iba a dejar que los actos inconscientes de otros, desequilibraran la balanza que tanto me ha costado mantener.

Te pregunto y no respondes, me agobia tu silencio y la falta de señales. No entiendo hasta cuándo va a durar, hasta cuándo tendré que soportar esta constante impotencia de no poder respirar tranquilamente, de no poder reír sin que los recuerdos me borren la sonrisa del rostro, de no poder disfrutar de otros placeres de la vida, por cargar a rastras con la sombra de esta pena, por tener que verle la cara cada vez que se le antoja.

Hoy vengo rendida, sin saber si la esperanza viene con fecha de vencimiento. Me siento cansada, física, emocional y espiritualmente. Me siento traicionada por el perdón, porque me dijo que lo haría todo más llevadero y hoy se esconde detrás de la puerta para que no le reclame dónde quedaron sus promesas.

Vengo a ti con las heridas bien abiertas, con el corazón harto de tanta amargura. Hoy no encuentro el valor de aferrarme a los buenos momentos, ni las palabras para autoconsolarme en el desierto.

Acógeme si quieres, abrázame fuerte, dime que todo va a estar bien, no me castigues más con el silencio. Dime que vale la pena no devolver el mal que otros me hacen, dime que vas a agarrar de los hombros a la tristeza y la vas a sacudir, la vas a botar lejos y le vas a decir que ya fue suficiente».