canción de navidad

«Nació la luz» es el nombre que lleva esta canción de Navidad. ¿Qué nos dice esto sobre nuestra vida? ¿Qué significa para nosotros el gran acontecimiento que la Iglesia prepara con infinito fervor?

En los Evangelios, llegamos al primer capítulo de san Juan y descubrimos una imagen importantísima de esa luz. Nos narra la imagen de vida que hay en aquella luz, que no es vencida por las tinieblas y que existe para iluminar al género humano (Jn 1, 1-5).

Una canción de Navidad para ayudarnos a buscar la luz

Esta canción de Navidad nos hace un recordatorio importante.

Notamos la luz de manera especial y sentimos necesitarla, sobre todo, en momentos de oscuridad. Es natural para el hombre buscar afanosamente un rayo de luz cuando todo está oscuro.

A algunos les brinda seguridad en noches de miedo. En calles solitarias, un lugar iluminado se convierte en un espacio seguro para caminar. O en días donde el cielo y las nubes se oscurecen, la salida del sol se agradece y nos llena de alegría.

Jesús, que se hace hombre para redimir, salvar y hacer visible al Padre, que es amor para nosotros, es, en definitiva, la Luz de nuestra vida.

Él, que ha compartido en todo nuestra humanidad, excepto en el pecado, es el único que tiene la capacidad de entrar en lo profundo de nuestro corazón para iluminar las zonas más oscuras y olvidadas, esas que en muchas ocasiones no queremos abrir ni siquiera para nosotros mismos.

¿Qué nos dice Dios hecho Niño?

Para contemplar a Jesús como luz, es necesario aceptar con humildad las partes de oscuridad de nuestra vida. Solo así, este buen Dios entra con fuerza y ternura para iluminar lo que pretendíamos esconder.

Esto es un proceso al que se le puede llamar conversión. Es decir, un cambio del corazón. Con su encarnación, Jesús nos manifiesta que es posible para el hombre tener un corazón como el suyo, un corazón que se ha abajado para tocarnos, sanarnos y amarnos.

Nos comunica en cada uno de estos actos la sencilla posibilidad de ser otros Cristos. Es decir, de entregar nuestro corazón oscuro, roto y dañado para que Él mismo nos construya uno de carne, limpio, capaz de amar como Él.

Ver a Dios hacerse niño debería bastarnos para querer cambiar nuestro corazón. En este acto, Dios se manifiesta pobre, despojado, con la capacidad total de hacerse pequeño, frágil, dependiente.

Incluso necesitado de otros hombres, para que aprendamos a amar con humildad y mansedumbre: «Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29).

Nos invita a despojarnos de las ideas de poder, superioridad, orgullo. De tantas otras roturas que Él no ha puesto en nosotros, pero que, por desconocimiento de tan grande amor, hemos dejado corromper y torcer en nuestro interior.

Jesús es la luz del mundo

Tener la certeza de esto y desear perseguir, y sobre todo, dejarnos encontrar por esta luz, es lo que finalmente nos salva. Aceptar que no hay un mejor lugar al que podamos ir sino a Cristo es la realidad que nos mantiene en pie, a pesar de nuestras debilidades y caídas.

Reconocer con humildad la oscuridad en nuestra vida le da paso a la luz de Jesús, que, de manera especial en el maravilloso acontecimiento de la encarnación, nos revela que, en definitiva, el Reino de los Cielos está aquí, más cerca de lo que creemos.

En esta Navidad que se aproxima, pidamos con fervor la gracia de dejarnos ver por Dios tal cual somos.

Esta oración puede ayudarte:

Amado Dios, que te has rebajado a mi estatura de hombre para enseñarme a ser discípulo fiel de tu amor, revelándome en tu humanidad la mía; enséñame a desnudar frente a ti, que eres mi Padre de ternura, todas mis oscuridades, todo lo que me avergüenza, me da miedo, me atormenta y me hace sentir excluido de tu amor.

Para que, mostrándote mis miserias, tú a cambio me enseñes la grandeza de tu misericordia, que a todos acoge sin excepciones. Deseo vivamente, y a pesar de mí, dejarte entrar en todos los lugares de mi alma.

Dame la gracia de los grandes santos: la confianza, para que yo conozca que tú eres mi Padre, y que, al entregarte tan grandes oscuridades, tú me devuelvas con presteza la luz que es tu Hijo amadísimo. Esto lo pido por los méritos de tu infancia.

Amén.

Artículo elaborado por Juana Gaviria