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¿El Espíritu Santo y Frozen?, ¿acaso es una broma? No, vamos despacio, te lo explico con detalle.

Durante este tiempo, han llegado a mí, reflexiones del Evangelio, oraciones y pensamientos, en su mayoría enfocados en superar las tristezas, ponerlas en manos de Dios y confiar en que Jesús sana todo aquello cuanto le entreguemos.

Y no es casualidad, cada año nos encontramos ante un «libro nuevo». Lo que para muchas personas se vuelve pesado, volver a la rutina, encontrar una meta, enfocarse en los propósitos.


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Me encuentro con todos estos pensamientos ahora. Pero debes estar pensando ¿y qué tiene que ver una canción de Frozen II con todo esto y más puntualmente con el Espíritu Santo?

Pues mientras veía la película me tomó por sorpresa identificarme con ciertas escenas. Una de ellas, es justo la de la canción principal, «Into the Unkown» («Mucho Más Allá»).

Y es que al escucharla, lo primero que se me vino a la mente ¡fue el Espíritu Santo! Esa voz que nos habla en medio de la incertidumbre, de la tristeza, de la angustia.

Escucha con calma la letra de esta canción y reflexionemos juntos:

«Mucho más allá» y la voz del Espíritu Santo

La canción comienza con una intro musical y una voz suave, que transmiten un aliento de paz. Sin embargo, se corta abruptamente con la frase «puedo oírte».

Y es que justo eso pasa cuando estamos en medio de nuestra oración o de un momento de discernimiento, ¡oímos al Espíritu Santo que nos habla y nos guía para saber qué camino seguir!

¿No es maravilloso? Cuando sentimos que Dios finalmente nos da respuesta, nos llenamos de paz. Pero no todo es tan fácil, muchas otras veces hacemos lo mismo que hizo Elsa, tratamos de acallar esa voz.

¿Por qué intentamos acallar o ignorar al Espíritu Santo?

Quizá sabemos que aquello que nos está diciendo, nos va a mover a un lugar que nos da miedo. Porque no sabemos cómo actuar, no sabemos qué nos pasará.

Preferimos quedarnos estáticos, seguir en ese círculo autodestructivo, agobiante, antes que tomar la fortaleza de Dios y darlo todo juntos. ¿Te suena familiar?

Después de una pequeña lucha, de presentar excusas para no reconocer lo que verdaderamente su alma le pide, Elsa se da, se entrega, no encuentra más remedio que abandonarse a la voz.

Y lo mismo puede pasar con nosotros, podemos decir que no es el Espíritu Santo quien nos habla en los momentos cruciales de discernimiento, por miedo a lo que puede venir después.

Pero por nuestra fe, sabemos que sí es Él quien nos habla y que solo viviendo en comunión con Dios, podremos encontrar la paz. ¡Recuerda siempre que Dios no defrauda, que conoce tus miedos y que quiere que seas feliz!

Deja que te hable, que te guíe, que te muestre cuál es el mejor camino para superar eso que tanto te duele.

Reconozcamos su voz sin miedo 

Elsa al final reconoce la voz, sabe que a pesar de lo vivido siempre hay más. Igual que nuestras vidas que se moldean constantemente.

Y es que, si pasaste o estas pasando por un momento difícil, toma la mano de Dios, Él es nuestro refugio y fortaleza, sigue adelante.

Elsa, tras reconocer que la voz sirve de guía, la escucha. Así nosotros, tenemos que reconocer la fuerza que tiene el Espíritu Santo sobre nosotros, abrirnos a su voz y su acción, confiar en que somos alma y espíritu.

En repetidos pasajes del Nuevo Testamento, se nos dice que Dios derramó su Espíritu sobre nosotros, como menciona san Juan y san Pablo en sus cartas:

«¿Cómo sabemos que permanecemos en Él, y que Él permanece en nosotros? Porque nos ha dado de su Espíritu» (1 Jn4:13).

«¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?» (1 Cor 3:16).

Deja que el Espíritu Santo tome las riendas

¡Déjalo actuar! El Espíritu Santo, a través de los evangelios nos puede mostrar todo aquello de lo que somos capaces, de la manera en que es vivir conforme a Él.

Dar ese salto de fe solo nos corresponde a nosotros, Dios nos ha dado libertad. Elsa entiende, que puede hacer más, y así nosotros también.

Podemos dejar que Dios se encargue. Él nos ha dado talentos y sabemos que no le gusta que los enterremos.

Tomemos el miedo, el dolor, la angustia, pero también la sorpresa, el asombro, el amor, el consuelo y caminemos juntos, de la mano del Espíritu Santo, mucho más allá de nosotros.

Porque al final, vivimos por Él y para Él, ¡seamos instrumentos de su gracia en todo momento!

Artículo elaborado por Mariel Almazán Vázquez.

Espíritu Santo: ¿cómo escuchar su voz?