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Cuando esta canción de «El Árbol de Diego» llegó a mis manos, me llamó mucho la atención el primer verso: «Desconfía del amor que sea exclusivo para fieles o clientes de una u otra religión».

Sabemos que el amor de Cristo hacia toda la humanidad es siempre gratuito e incondicional. Desde su sacrificio en la cruz, Él mismo nos volvió dignos de recibirlo, sin hacer distinción alguna entre los que eligen aceptarlo y los que no.

Entonces, ¿por qué algunas personas —como el intérprete de esta canción— experimentan que los que practicamos alguna religión excluimos, del amor que profesamos, a quienes no comparten nuestras creencias?  


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Esta fue mi experiencia personal

Mientras me cuestionaba, volvieron a mí los recuerdos de cómo pensaba y actuaba, sobre todo en relación a los que no creen en Dios, antes de que sucediera una de mis últimas conversiones.

No fue fácil retroceder en la película de mi vida hasta esos momentos, porque ahí solo sabía enfrentarme al mundo valiéndome de una visión muy polarizada del mismo.

Donde el bien y el mal que identificaba tan fácilmente en los demás, solo encajaban en categorías extremas de blanco y negro. Sin poder aceptar —llegando incluso a condenar— la existencia de los incontables matices de gris que componen la realidad humana. 

Ahora que miro hacia atrás, entiendo que aquello que entendía como «temor a Dios» —ese don tan hermoso que nos da el Espíritu Santo en el Sacramento de la Confirmación—  era, en realidad, un miedo indescriptible que me controlaba como un títere.

Mientras me hacía creer que si dejaba de hacer lo correcto o si me equivocaba de cualquier manera, caería en picada hacia la tibieza del relativismo y así perdería por completo la gracia de Dios.

Al final, este terror tan grande solo me sirvió para acabar atrapada en una enfermedad espiritual muy frecuente entre los creyentes más fervorosos: La escrupulosidad.

¿Qué pasa cuando caemos en la escrupulosidad?

Lo más triste para quienes caemos en la escrupulosidad es que, sin darnos cuenta, vamos cerrando las puertas de nuestra confianza a Dios y no dejamos que su misericordia actúe en nosotros.

Además, al regir nuestra vida de esta manera, en lugar de evangelizar a quienes nos rodean con nuestro ejemplo, terminamos espantándolos. ¿Por qué? porque —nuevamente, sin querer— les comunicamos que la fe no es más que un conjunto de reglas rígidas que se deben seguir al pie de la letra para ganar el cielo (en el mejor de los casos) y, en el peor, para no acabar en el infierno.

Como si nuestra salvación dependiera únicamente del bien que hacemos o el mal que dejamos de hacer. Si así fuera, el cielo estaría completamente vacío porque no solo bastan nuestros esfuerzos para salvarnos.

En realidad, estos solo darán fruto siempre y cuando vayan de la mano con las gracias que Jesús derramó sobre nosotros al entregar su vida en la cruz. Y no hay que olvidar que una de ellas es la misericordia, la cual brotó de su costado traspasado para el perdón de todas nuestras culpas. 

Dos evangelios para reflexionar

Justamente, al escuchar cómo esta canción nos invita a reflexionar sobre los diferentes aspectos que rigen nuestra vida —como  las normas morales— se me vinieron a la mente dos de los Evangelios que la Iglesia nos ha propuesto estos últimos días.

En ambos, tenemos como protagonistas a Jesús junto a los Fariseos. El tema principal es una de las leyes más importantes para el pueblo judío hasta la actualidad: respetar el sábado a través del reposo absoluto y así, santificarlo como el día en el que Dios también descansó después de crear el mundo. 

Las espigas de trigo…

En uno de esos Evangelios, los Fariseos —que eran los más grandes conocedores de las leyes del pueblo judío en esa época—, le reclaman a Jesús por permitirle a sus discípulos comer algunas espigas de trigo que encontraron en su camino el día sábado, cuando eso estaba prohibido y Él les respondió lo siguiente: 

«¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre, cómo entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes de la proposición, que solo está permitido comer a los sacerdotes, y se los dio también a quienes estaban con él?

El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado. Así que el Hijo del hombre es señor también del sábado (Marcos 2,23-28)».

Con estas palabras, Jesús no solo demuestra a los Fariseos que conoce a la perfección las Sagradas Escrituras, donde están escritas todas las leyes que ellos tanto defienden, sino que trata de hacerles entender que esas mismas leyes fueron creadas por Dios para estar al servicio de las necesidades de del hombre y no al revés. 

Una persona con la mano paralizada en la Sinagoga…

En el segundo Evangelio, Jesús encuentra a una persona con la mano paralizada en la Sinagoga, también un día sábado, y según las escrituras, los Fariseos lo estaban observando, para ver si lo curaba en sábado y acusarlo. Como Él conocía sus intenciones, les hace esta pregunta: 

«¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?». Ante estas preguntas, los Fariseos se quedaron en silencio. No tuvieron argumentos para reprocharle a Jesús que eligiera devolverle la salud a una persona y así salvarle la vida, por encima de cumplir la ley.

Sin embargo, esta desviación en la vivencia de la religiosidad por parte de ellos provoca la ira de Jesús y le genera también un dolor muy profundo. Porque eligen quedarse en la formalidad de la Palabra escrita en las Sagradas Escrituras, en lugar de esforzarse por ir a lo esencial de ella, que es el amor eterno de Dios hacia toda la humanidad. 

Que la caridad y el amor primen siempre

Confieso que hasta el día de hoy sigo trabajando en perdonarme a mí misma por todos esos años de escrupulosidad. No fue fácil darme cuenta cómo todas las veces que puse el perfecto cumplimiento de las normas morales por encima de la caridad y del amor.

Le hice daño a tantas personas, sobre todo a las que más amo, y a las que más necesidad y derecho tienen de la misericordia de Dios, es decir, a quienes aún no creen en Él.

Ahora, todo lo dicho no significa en lo más mínimo restarle importancia a los Mandamientos que Dios nos sigue transmitiendo hasta el día de hoy a través del Catecismo de la Iglesia Católica.

Por el contrario, lo que se busca es justamente aquello que Jesús vino a hacer con su primera venida a la Tierra: Darle pleno cumplimiento a la ley y a los profetas.

Pero, ¿cómo lo conseguimos? 

Creo que un primer paso es comprender qué es lo que de verdad significa ser parte de una religión y gran parte de la respuesta está contenida en la misma palabra:

«Religión» viene del latín religio, basada en el verbo ligare, que significa ligar o amarrar, el cual está acompañado por el prefijo re, que indica intensidad y el sufijo ión, que hace referencia a una acción o movimiento.

Entonces, en sentido literal, esta palabra significaría «acción de amarrar fuertemente». Pero gracias al contexto tanto social como cultural en el que esta se desenvuelve, entendemos que se trata de la acción de «amarrarnos» con un ser superior.

Felizmente, gracias a Jesús, sabemos que no se trata de un ser lejano o indiferente, sino de un Padre que nos ama hasta el extremo.

Esa unión tan fuerte que Dios espera tener con cada una de sus criaturas es propia de una verdadera relación de amor, como el de una pareja de esposos, hermanos o mejores amigos. Y es justamente en este vínculo amoroso inquebrantable que los demás aspectos de nuestra vida encuentran su sentido más pleno, como es el caso de la religión.

En ella, antes de los Mandamientos o el conjunto de reglas y leyes morales, se encuentra el amor recíproco que cada persona comparte con Dios, su Creador, Padre y Redentor. Y es justamente ese amor eterno y gratuito el que nos impulsa a transformar nuestras vidas por completo y para bien, motivándonos a ser cada vez más perfectos, a imagen y semejanza de Dios, a quien tanto amamos.

El amor lo transforma todo

Si lo pensamos, algo parecido sucede con un joven cuando se enamora. Las madres no pueden negar que cuando aparece esa persona especial en la vida de sus hijos, como por arte de magia, empiezan a bañarse con más frecuencia, a limpiar y ordenar su habitación, hasta se alimentan sano y hacen deporte para mejorar su figura.

Todo gracias a la motivación transformadora del amor, que nos impulsa siempre a ser mejores personas de la que éramos ayer en beneficio de la persona amada. Entonces, si un amor humano es capaz de cambiarnos para bien de esa manera, ¡más aún el amor de Dios logrará sacar lo mejor de nosotros mismos para que seamos santos como Él! 

Quisiera terminar esta publicación con una frase muy bella de santa Teresa de Lisieux,que encontré en Twitter. Creo que refleja muy bien lo que significa cumplir con las normas morales o cuestionarlas cuando sea necesario, como nos propone el autor de esta canción, y haciéndolo siempre desde la mirada de Dios: 

«Me preguntas por un método para alcanzar la perfección. Yo solo conozco el amor y solo el amor».

Artículo elaborado por Alessandra Cava De Andrea.

Religión: qué es y por qué la gente quiere pertenecer a una