camino de emaús

Hoy quisiera ofrecerte una breve reflexión, invitándote a asumir un nuevo reto: el reto que cambiará tu vida. Para ello, quisiera que meditemos juntos en el camino de Emaús y en una gran lección que los discípulos que anduvieron junto a Jesús nos dejaron.

El camino de Emaús

camino de emaús

En el capítulo 24 del Evangelio según san Lucas, nos encontramos con un pasaje recordado por todos. Se trata de aquel momento en el que dos discípulos de Jesús, después de la Crucifixión del Señor, realizaban un viaje camino hacia la aldea de Emaús. Mientras, estos dos discípulos hablaban, según el evangelista, de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban, el texto nos cuenta que el mismo Jesús se les acerca y empieza a caminar con ellos.

Antes de continuar con el relato, vale la pena detenernos en este punto, porque hay bastante que podemos aprovechar para nuestro camino espiritual en este nuevo comienzo que se nos ofrece.

No resulta fácil asumir que estos dos discípulos, que caminan hacia Emaús, seguramente tenían el corazón entristecido. Todas las ilusiones que tenían con Jesús, con su muerte en la Cruz, se habían desvanecido.

Además, Aquel que los acompañó y les dio tanto amor, llenando todas sus expectativas, había sido arrebatado injustamente de sus vidas. ¿Cuántas veces no nos hemos sentido nosotros así? ¿Cuántas ilusiones y proyectos hemos intentado sacar adelante hasta la fecha sin conseguir lo que anhelamos?

Esos momentos siempre serán duros y nos desconciertan, tal como les sucede a estos dos discípulos. Pero, como a ellos, Cristo se nos acerca y camina con nosotros, en medio de nuestro sufrimiento.

Un Dios que escucha a sus hijos

camino de emaús

Notemos, ahora, que en el relato del Evangelio según san Lucas, Nuestro Señor no interviene en la conversación, sino que les pregunta a los discípulos de qué estaban hablando. La actitud de Cristo nos revela algo importantísimo para la vida. Deja ver el amor inefable que tiene por nosotros: siempre quiere escucharnos y dejar que nos expresemos con libertad.

Muestra un Dios realmente interesado por el corazón de cada uno de nosotros. Él camina con nosotros en medio de nuestro dolor y nos escucha con atención.

Esta misma actitud la experimentamos en la oración. Dios escucha con atención; es más, espera con ansias que tú y yo nos acerquemos a Él en la oración, precisamente para contarle sobre nuestra vida, con filial confianza, seguros de que somos escuchados con absoluta atención.

Cristo no interrumpe a los discípulos y deja que se expresen, incluso a pesar de que sabía que estaban cegados por la tristeza, que es aliada del enemigo. Él no se apresura a corregirlos, sino que espera con paciencia el momento perfecto para abrirnos el entendimiento de las cosas.

La respuesta de los discípulos tras el camino de Emaús

Vale la pena detenernos ahora a analizar en detalle la respuesta de los discípulos a la pregunta del Señor. Empiezan a desplegar la historia, llenándola de quejas y desilusiones frustradas que tenían en su corazón.

La desilusión es tan fuerte en el corazón de estos discípulos, que incluso le mencionan a Cristo que algunas mujeres de su grupo lo habían visto resucitado, pero que no sabían si creerles.

Este suceso tiene un elemento importante que resaltar: el dolor propio siempre nos centra sobre nosotros mismos. Los discípulos mencionan todos los proyectos y los sueños que ellos tenían con Cristo cuando aún vivía. La tristeza se manifiesta por la frustración de tener que, aparentemente, renunciar a los sueños que pretendían ver cumplidos con Jesús.

Veamos que es justo en este momento en el que Jesús reacciona finalmente y reprende a sus discípulos: «¡Necios y torpes de corazón para creer todo lo que anunciaron los profetas!» (Lc 24, 25). El reclamo es fuerte y contundente, pero nace del amor infinito que tiene por ellos. La reprensión va, sobre todo, al ensimismamiento de sus discípulos.

En adelante, Nuestro Señor les explica las escrituras, desde Moisés hasta los profetas, para enseñarles todo lo que a Él se refería. Con esta clase de Biblia que Jesucristo les da (ya quisiera yo haber podido estar ahí, así fuera una mosca), Nuestro Señor les hace ver que debían mirar más allá de sus propias narices y darse cuenta el sentido por el que Él tenía que morir por todos nosotros. Además, les ayuda a entender el auténtico sentido del dolor y el sufrimiento que Dios permite en el mundo: la salvación de las almas.

El corazón encendido

camino de emaús

Mientras los discípulos oyen a Nuestro Señor explicarles las Sagradas Escrituras, ellos experimentan una emoción que nunca habían experimentado. Sin embargo, notemos que, incluso hasta este momento, ellos no reconocen al Señor. Venían ya caminando buen rato con Él, pero no eran capaces de reconocerlo.

Esto, de nuevo, redunda sobre el ensimismamiento que mencionamos más arriba: cuando miramos hacia nuestro propio ombligo, en lugar de mirar hacia afuera, hacia los demás, se nos hace imposible reconocer al Señor que camina con nosotros, incluso en este momento. Y cuando tenemos un encuentro con Él, similar al de estos discípulos, nos arde el corazón, pero no somos capaces de reconocer qué es lo que está sucediendo.

Dios, muchas veces, apoyándose en aquellas personas que permite en nuestras vidas, pero sobre todo en aquellas que nos quieren con honestidad, trata de despertarnos de nuestro sueño individualista, para ayudarnos a ver más allá y entender el porqué de todo nuestro dolor y sufrimiento.

Esto es, literalmente, lo que hace la Gracia del Señor: nos golpea a la puerta constantemente, para elevar nuestro corazón y nuestro entendimiento a realidades más profundas y hermosas. Pero, como aquellos discípulos, muchas veces Nuestro Señor se encuentra con un corazón dominado por la tristeza y por el ensimismamiento.

Cuando empezamos a despertarnos

El relato continúa y nos cuenta que el día estaba ya bien avanzado y, habiendo alcanzado su destino, los discípulos le piden a Jesús que se quede con ellos. La compañía del Señor, incluso cuando no reconocemos que es Él el que nos acompaña, siempre alivia y nos hace querer mantenerlo por siempre. Es lo que le sucedió a san Pedro cuando el Señor se transfiguró: «Señor, qué bien estamos aquí», le dice a Jesús.

En este momento del relato, empezamos a ver una pequeña reacción de parte de los discípulos, que comienzan a despertarse de su sueño y de su tristeza, dejándose alcanzar por el poder esperanzador de Jesús.

Es cuando empezamos a cobrar cierta conciencia de que debemos hacer cambios importantes en nuestra vida y comenzamos a disponernos a realizar estos cambios. Entonces, como estos discípulos, le pedimos al Señor que se quede con nosotros.

Cristo, en efecto, se sienta con los discípulos y se dispone a cenar con ellos. Mientras cenaban, Nuestro Señor toma el pan, lo parte y se los da. Y con ese gesto, que Monseñor Robert Barron llama «el gesto eucarístico», se les abren los ojos a los discípulos y se dan cuenta: «Es el Señor».

Cristo se revela, siempre, con la Eucaristía

El gesto eucarístico, la santa Misa, es lo que despierta por completo a los discípulos y, para nosotros, tiene una importante invitación: acudir a la Santa Misa a que el Señor nos despierte.

En este momento, Jesús desaparece de la presencia de los discípulos. ¿Por qué? Von Baltasar dirá que desaparece porque, en ese momento, Cristo se une, con la Eucaristía, a la misión de la Iglesia. En cierto sentido, se funde en el corazón de estos discípulos, dándoles una nueva fuerza, que no pueden adquirir por sus propios medios.

Entonces, los discípulos comprenden todo y se dan cuenta de por qué su corazón ardía mientras el Señor les daba su lección bíblica.

Del camino de Emaús a un cambio de rumbo…

Habiendo recibido las lecciones que necesitaban recibir, de darse cuenta de que el Señor los acompañaba, incluso si no lo podían ver, y con Cristo fundido en sus corazones, los dos discípulos, a pesar de que era ya tarde, y de los peligros que representaba para ellos salir, se deciden a devolverse a Jerusalén.

Es un cambio absoluto, ciento ochenta grados, de rumbo. Eso es lo que el encuentro con Nuestro Señor consigue en nosotros: cambia nuestra vida y nos da la fuerza para emprender el camino que el hijo pródigo emprendió para reconciliarse con su Padre.

El cambio de rumbo, para nosotros, puede ser, y te motivo a que sea, que aprendamos a salir de nosotros mismos. Que nos atrevamos a imitar a Cristo y emprendamos el camino hacia Jerusalén. Es un cambio de vida, de golpe, desde lo más fundamental. Puede ser enfrentar lo que más has temido en tu vida y de golpe has postergado constantemente.

Es despertarnos de nuestro sueño individualista, para dejarnos impregnar en el corazón por Dios, para salir al encuentro con el otro. Puede ser alguien en tu núcleo familiar, reconciliarte con alguien cercano (un padre, una madre, un hermano, una hermana o un amigo o amiga). En últimas, dentro de esta reflexión puedes poner el proyecto que tú quieras.

Mi mayor consejo para ti es que no olvides que Cristo camina contigo todos los días. Aunque a veces no puedas reconocerlo, verlo u oírlo, Él está ahí, esperando el momento en el que pueda enseñarte y revelarte el sentido de todo, para darte lo que necesitas a través de su Gracia. Búscalo, como dijo el fundador del Opus Dei: «que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo».

¿Qué lecciones te ha dejado la meditación en el camino de Emaús? ¡Cuéntanos en los comentarios!