beneficios de viajar

¿Te sientes cómodo en tu rutina diaria? ¿Sientes que hace mucho tiempo que no experimentas nuevas sensaciones? ¿Hace mucho que no haces nuevos amigos, pruebas cosas distintas, aprendes sobre otras culturas? ¡Eso me huele a viaje en puerta!

Este corto «Let travel do what travel does» dirigido por Elliot Power, inspirado en el clásico lenguaje de los anuncios de viajes, me demostró lo mucho que podemos aprender al emprender nuevas aventuras. ¡Te va a encantar!

https://vimeo.com/757366077

Aunque con cierto tono irónico, el corto nos muestra distintas aptitudes que el personaje principal adquiere a través de los viajes. ¡Y es muy cierto! Si bien viajar es una decisión que uno generalmente toma para disfrutar y descansar, nos trae mucho más que eso.

El video nombra algunos beneficios de viajar o, más bien, valores que se obtienen que me parecen interesantes de remarcar.

Los agruparía en tres grandes grupos: aquellos valores que obtengo para mi propio crecimiento personal, aquellos que aportan a mi relación con los demás, y los valores que me hacen crecer en mi relación con el mundo, las cosas y el porvenir de la vida.

Beneficios de viajar para el crecimiento personal

Francamente, no he viajado tanto como quisiera. De todas maneras, aunque hubiera recorrido medio mundo, ¡uno siempre quiere más!

Es hermoso ver tantos paisajes, tanta historia, tantas personas. ¡Poder reconocer la mano de Dios en cada momento que se vive!

Pero una de las cosas que más valoro de los viajes es lo mucho que permite conocerse a uno mismo.

Viajar nos interpela, nos pone cara a cara con nuestras propias limitaciones. Pero también descubre y sopla el polvo de muchas virtudes que a veces quedan escondidas bajo la rutina.

Por eso, me parece genial que el video nombre la paciencia, la resiliencia, la madurez y el sentido del propósito.

Muchas veces en nuestra vida cotidiana perdemos un poco el rumbo, nos desconocemos a nosotros mismos y simplemente nos dejamos llevar.

Un viaje es una excelente oportunidad para darnos cuenta de que somos los únicos protagonistas de nuestra vida, y tomar las riendas en pos de nuestra felicidad.

La constante toma de decisiones (¿dónde me alojo?, ¿cuánto puedo gastar?, ¿qué desayuno?, ¿a dónde voy hoy?, etcétera); el tener que optar entre muchas cosas buenas y bonitas; el estar en «modo esponja», absorbiendo todo lo que sucede en el entorno, nos vuelve muy vulnerables en el buen sentido. Somos canales abiertos a la gracia, a la bondad, belleza y bien que nos rodea.

Nos encontramos con nuestro «verdadero yo», el que disfruta y el que a veces se estresa, y nos permite sacar provecho de eso.

Otros beneficios de viajar… en relación con mi prójimo

Pero no solo nos encontramos con nosotros mismos. ¡Cuánta gente maravillosa que Dios pone en el camino para enriquecernos!

Conoceremos gente de cualquier parte del mundo, con distintos idiomas, costumbres y tradiciones. Nuevas formas de divertirse, de comer, de estar en contacto con Dios.

La pluralidad es un don que Dios nos ha regalado como humanidad. A todos y cada uno de nosotros nos hizo únicos e irrepetibles, y es por eso que cada persona que conocemos tiene algo hermoso para mostrarnos sobre nuestro Padre y Creador.

Sé que puede costar, ya que a veces las diferencias culturales son muchas. La invitación es a vivirlo no como un «choque cultural», sino con mentalidad abierta, como un encuentro del que podemos salir enriquecidos.

¿De qué manera? Primero considerando al otro como una persona con una historia personalísima y un bagaje histórico y cultural propios. Y, por otro lado, reconociéndome a mí mismo como el más ignorante y necesitado de instrucción. No menospreciando mi dignidad, pero si tomando una postura de pasividad ante lo que el otro tiene para decir, mostrar y enseñar. Somos protagonistas, pero el mundo tiene mucho para decir… ¡sepamos hacer silencio!

Confianza en la Providencia

Por último, algo que me encanta de los viajes, es que constantemente te invitan a abandonarte en manos de Dios y, si no lo haces, Él muy creativamente se hace sentir.

Entre algunos beneficios de viajar, en la vida espiritual, podemos pensar que un viaje sacude nuestra vida, desafía nuestra mente y nuestro corazón.

A veces las cosas pueden no salir como las planeamos, pero Dios va llevándonos en el camino para que vivamos exactamente aquello que nuestro corazón necesita.

Dios no deja de sorprendernos con detalles y regalos a lo largo de toda nuestra vida.

Durante un viaje, todos los sentidos están agudizados (¡también los afectos, las emociones, la energía!) y es entonces que podemos palpar aún más sensiblemente a un Dios enamorado de nosotros.

No te digo que no planifiques tu viaje (¡no hagas eso, por favor!) pero siempre dale una oportunidad a las cosas nuevas que se van presentando, aunque no las hayas tenido previstas en tu itinerario.

Hay que estar dispuesto a aceptar los cambios de planes, ¡nunca se sabe con cuántas maravillas te puedes topar!

¡Qué bien se está aquí!

Pero, quieras o no, nuestra misión está aquí. En casa, en la familia, en el trabajo, en el estudio, en nuestras parroquias y nuestros apostolados.

Más de un viajero le habrá dicho a Dios: «Señor, ¡qué bien se está aquí! ¿Y si armamos las tiendas y aquí nos quedamos?» (cfr. Mt. 17).

El salir de nosotros, cruzar fronteras, bajar nuestras barreras, abrir nuestros sentidos y nuestros corazones a lo que Dios tiene para mostrarnos en el mundo, definitivamente nos conecta con una parte íntima de nosotros y, por lo tanto, con nuestro Padre y Creador.

Y así, recargados de su Amor, llenos de energía y vitalidad, gozosos de haber contemplado el rostro luminoso de Dios que se manifiesta en sus creaturas, ¡debemos volver a la misión!

El Papa Francisco lo expresó con belleza en el Ángelus del 16 de marzo del 2014:

«De este episodio de la Transfiguración quisiera tomar dos elementos significativos, que sintetizo en dos palabras: subida y descenso. Nosotros necesitamos ir a un lugar apartado, subir a la montaña en un espacio de silencio, para encontrarnos a nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor. Esto hacemos en la oración. Pero no podemos permanecer allí. El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a «bajar de la montaña» y volver a la parte baja, a la llanura, donde encontramos a tantos hermanos afligidos por fatigas, enfermedades, injusticias, ignorancias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que atraviesan dificultades, estamos llamados a llevar los frutos de la experiencia que hemos tenido con Dios, compartiendo la gracia recibida».

¿Listo para un viaje? ¡No olvides regresar!