Ayuno, esta palabra normalmente la escuchamos solo para esta época de Cuaresma. Pero hay algo que nunca me ha funcionado en la vida: mantener mi salud mental y espiritual en Cuaresma. A veces parece un experimento social que trata de volvernos un poco más neuróticos, ansiosos y obsesionados de lo que normalmente somos… ¿te ha pasado?

Caemos en un círculo vicioso en el que, al final del día, tal vez solo nos sentimos más frustrados con nosotros mismos, rechazados por Dios y echados de la Iglesia. La Cuaresma debe ser más que eso, ¿cierto? Si no quieres hacer un ayuno de la manera convencional, te propongo cinco ideas.

1. Ayunemos de querer ser Dios

Los sacrificios y ayunos no le sirven a Dios, ¡nos sirven a nosotros! No pensemos que cada dulce que comemos o cada vez que vemos algo en Instagram nos aumenta un día en el infierno. El sacrificio más grande es renunciar a la imagen distorsionada que tenemos de un Dios que busca cualquier error para sacarnos de su amor, porque todo lo que nos enseñó Jesús quedaría sepultado nuevamente.

Quiero ayunar de sentirme fuera de Dios cada vez que me quedo corta en algo: «Porque me gusta más el amor que los sacrificios, y el conocimiento de Dios, más que víctimas consumidas por el fuego. Pero ellos no cumplieron mi alianza en Adam, pues allí me traicionaron». (Oseas 6)

¿No fue el gran pecado de Adán y Eva querer ser como Dios? La gran trampa del demonio es aprovechar nuestra soberbia para hacernos sentir que nos tenemos que esconder de Dios. Creyendo que nos odia en lugar de pensar que nos abraza cada que vez que caemos en cuenta de nuestra frágil humanidad.

«Tenga paciencia con todos, pero principalmente con usted misma. Quiero decir que no se turbe por sus imperfecciones y tenga siempre el valor de levantarse». (San Francisco de Sales).

2. Ayuno de no recibir lo bueno que Dios me manda

No puedo olvidar lo que viví en un monasterio durante la Semana Santa. Estaba yo decidida que no comería nada rico esa semana, además comería poco… pero Dios tenía otros planes. Cuando llegué me recibieron con un desayuno de fruta cubierta con chocolate y en la comida había pastel de chocolate. Para rematar habían paletas de hielo porque un benefactor las había donado esa semana.

La madre superiora me encontró en el pasillo y me dijo:

— Niña, está usted muy delgada, ¿no va a comer algo?
— No, madre, estoy ayunando
— ¿Y cómo sabe usted que Dios le pide eso? ¡Ande y cómase un pedazo de pastel!

Sobra mencionar que la madre superiora me dejó con la boca abierta. Además ese día solían hacer adoración nocturna (desde las 10pm hasta las 3am frente al Santísimo) y yo me quise unir: «Mi niña —me dijo la superiora — nosotras ya nos vamos a dormir, tenemos que descansar y hace mucho frío, el Señor te necesita bien mañana».

¿Sabemos recibir a Dios también en lo bueno que nos manda o solo en los sufrimientos? ¿Qué sí me está invitando Dios a vivir? ¿Me dejo sorprender por Él o me obsesiono con mi sacrificio más que con su misericordia?

3. Ayuno de compararme con los demás

Esta es la trampa más fácil para el demonio en épocas de fuerte ejercicio espiritual. «Ese no para de comer, yo sí me preocupo por Dios».

Los sacrificios se nos dan fácil en algunos momentos de nuestra vida, podemos recordar algunos momentos que nos fue muy sencillo dejar alguna comida, un mal hábito, orar más o ducharnos con agua fría. Pero olvidamos que son por pura gracia de Dios y no por nuestra virtuosidad o gran voluntarismo. ¡Todo es gracia y amor de Dios!

4. Ayuna de evadir lo que sientes (mejor aprende de ello)

Solemos entender que ser virtuosos es no pensar ni sentir cosas «negativas». Pero tarde o temprano eso termina expresándose o en vivir amargados, explotar un día o en terapia. La solución no es evitar lo que sentimos.

Y es que no está mal sentir, ¡somos humanos! Quisiéramos no sentir enojo, gula, lujuria, envidia, soberbia, avaricia… pero la verdad es que, si existen, es porque todos pasamos por ellos. ¿Y si se los compartimos al Señor y nos escuchamos para conocernos, entendernos y amarnos mejor?

Por ejemplo: un día me di cuenta que pasaba con una canción de reggaeton pegada en mi cabeza todo el día, me sentía culpable y trataba de cambiarla, ¡pero siempre regresaba!

No pude más: «Jesús, ¿qué es lo que me gusta tanto del reggaeton?». Me dejé meditarlo, al final me di cuenta que me traía recuerdos de las últimas misiones a las que había ido, los amigos con los que había bailado y la sensación de alegría que me daba.

El problema no era que me gustara «el perreo» o el leguaje obsceno. Sino que extrañaba esas amistades y esos momentos de entregarnos al Señor como amigos. ¿Qué pasa si esta Cuaresma en lugar de juzgarnos y reprimirnos, nos escuchamos y conocemos mejor junto con el Señor?

«La humildad es el signo más seguro de la fuerza». (Thomas Merton)

5. Ayunar de la ansiedad de esta época

Para este punto te comparto la «Letanía de la confianza», me sirve mucho a mí, espero que suceda lo mismo contigo:

De creer que debo ganarme Tu amor, Libérame, Jesús.
Del miedo a no ser digno de amor, Libérame, Jesús.
De la falsa seguridad de que tengo lo que necesito, Libérame, Jesús.
Del miedo a que confiar en Ti me dejará más indigente, Libérame, Jesús.
De toda sospecha respecto a Tus palabras y Tus promesas, Libérame, Jesús.
De las rebeldías contra el depender de Ti como un niño, Libérame, Jesús.

Si esta Cuaresma no te animas a hacer el ayuno a punta de pan y agua o dejando los alimentos que más te gustan, espero que te sirvan estas ideas. ¡Vive esta Cuaresma como ninguna otra! 🙌🏻