apuros

La prisa del día a día normalmente te hace pasar desapercibido frente a cientos de detalles y ternuras que Dios quiere dejar para ti; frecuentemente, los días se te pueden pasar ajetreados, adornados por la rapidez, llenos de apuros.

Cosas pendientes, citas perdidas, responsabilidades por cumplir; y si te pones a reflexionar, a veces el día a día solo lo vives para ti. A lo que quiero referirme es que el mundo nos lleva a eso, a una sutil soledad o individualidad frente al resto.

Y muchas veces, no por falta de educación o patanería, sino, casi siempre, por las ocupaciones; ocupaciones que quizás te hacen caminar con la mirada gacha hacia el celular, para adelantar otro pendiente; ocupaciones que no te permiten sentarte a hablar con alguien que acabas de conocer en la fila del banco y, aún más grave, ocupaciones que a veces hacen que se te olvide contemplar el maravilloso milagro de tener cerca a quienes amas.

La vida de Dios en todos 

Sin embargo, hay otros días, a veces menos comunes, en donde la contemplación y los sentidos están más activos. Puedes percatarte de un saludo que te cambia el ánimo, de un halago respetuoso recibido por un extraño, de alguien que te ha ayudado en la vía porque te varaste o, de repente, en el parque tuviste la conversación más profunda que en mucho tiempo no habías tenido.

Estos son los detalles y las ternuras de Dios a las que me refería anteriormente. Están todos los días puestos por Él desde que te has levantado.

Aunque hay otros detalles bellísimos que ha pintado para ti (como el atardecer, las estrellas, la brisa, los pájaros, etc.), nada hay más bueno, bello y verdadero que un mismo hombre para darte cuenta de cuánto Dios te ama.

Un hermano tuyo que puede estar trapeando pisos, manejando buses, atendiendo en restaurantes. Un hermano que Dios te ha dado para que también lo veas a Él en él, porque la vida de Dios en el hombre es la que mejor puede contemplarse y la que Él ha preferido para ser contemplado.

La gratitud por compartir el mundo con los demás 

Por eso, ojalá cada día pidas a Dios la gracia de ser más consciente de con quién te cruzas, a quién ves. Porque no es un extraño. Es un hermano y es un regalo.

Debe llenarte de gratitud el saber que no vives las alegrías, las fatigas, los apuros, las esperanzas y los sufrimientos solo. Allí afuera hay miles que también tienen historias tan parecidas como distintas a la tuya.

A veces esperan ser vistos y ser reconocidos como miembros de la comunidad de Dios, que los hace hermanos tuyos. A veces desean ver en ti a ese Padre en común.

Una oración por los extraños en apuros

apuros

Te invito a que eleves esta oración por esas personas que comparten contigo el mundo y que a veces pasan desapercibidos frente a tu corazón:

Ayúdame, Jesús, a ser ejemplo tuyo. Tú que no has dejado a nadie lejos de tu mirada, que a todos has reconocido como hijos amados de un mismo Padre, hazme cumplir con amabilidad, prontitud y amor la palabra que has elevado al Cielo: «que todos sean uno, como el Padre y yo somos uno».

Que todos aquellos a quienes pongas en mi camino, regresen a casa con la certeza de que hoy algún extraño les ha amado. Amén.

Artículo elaborado por Juana Gaviria