No se puede amar lo que no se conoce. Es un principio que no solo se aplica hacia cosas externas, sino que tiene por primer destinatario de nuestro conocimiento a nosotros mismos. Si no me conozco, no me puedo amar. Suena evidente, y lo es, y sin embargo, a veces avanzamos por la vida sin conocer más que cosas muy superficiales de nosotros.

El mundo a nuestro alrededor no ayuda. Conversaciones superficiales, relaciones de “usar y tirar” (como dice el Papa Francisco), y una búsqueda constante de entretenimiento y huida de compromisos son como una barrera infranqueable para conocernos. Sabemos nuestros gustos, nuestras preferencias, y algunos datos más, pero no siempre alcanzamos a aventurarnos en las dimensiones más profundas de nuestra vida.


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Conocernos completamente es imposible. Siempre quedará algo de misterio, que solo Dios conoce, y hay que aceptar que es así. Aun así, debemos emprender la aventura de entrar en nuestra propia casa para conocer todo lo que podamos de lo que Dios ha puesto en nuestro interior y escuchar, ahí en lo profundo de nuestro corazón, su voz que nos invita a encontrarnos con Él.

Les proponemos cinco hábitos muy sencillos que quizás puedan ayudar en este afán.

1. Buscar un poco de silencio (de verdad)


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¡Tan difícil en nuestro tiempo! Tenemos y queremos ruido por todos lados, sea música, entretenimientos, distracciones o trabajos que nos concentren en cosas fuera de nosotros. ¿Cuándo es la última vez que hemos estado en un lugar en silencio auténtico? ¿Para qué sirve? Para, por ejemplo, examinar mis pensamientos y mis sentimientos. ¿Qué dicen de mí, qué me suscitan, de dónde vienen? Cuántas veces vivimos experiencias intensas pero no nos damos el tiempo de digerirlas y entonces el viento y el tiempo se las llevan, y ni las atesoramos ni logramos aprender de ellas. Si nos incomoda el silencio, quizás algo no anda bien en nosotros…

2. Rezar…

La oración es mucho más que un hábito, pero sin duda lo supone. Tampoco es un mero ejercicio de introspección, pero sin duda nos lleva a conocernos mejor. ¿Quién es la persona que mejor nos conoce? Dios, quien es más íntimo que yo mismo (parafraseando un poco a san Agustín). De la mano de Dios, en diálogo con Él, no solo aprendo de mí, sino que aprendo también a amarme como Él me ama. Dios es además guía segura para adentrarme en las profundidades de mí espíritu sin que termine encerrado en mí mismo o escuchando solo los ecos de mi egoísmo.

3. Leer y escribir

Hay gente a la que le gusta leer y le resulta fácil también escribir. A muchas personas, sin embargo, le resulta difícil. Aun así, no deja de ser un excelente hábito que uno puede adquirir con paciencia (y quizás un poquito de sufrimiento). Leer (buenos libros, se entiende) alimenta la capacidad de reflexión y escribir nos obliga a ser conscientes de nuestros pensamientos. El esfuerzo por sintetizar lo que nos pasa por la cabeza para poder transcribirlo al papel (o a la computadora) nos ayuda a conocernos e incluso atesorar lo vivido.

4. Examen de conciencia

No se trata del examen de conciencia que hacemos para confesarnos. Es decir, no es una enumeración de pecados y faltas. Es, más bien, una toma de conciencia de los hechos más relevantes de nuestro día para, en el fondo, saber de qué modo actúa la gracia en nuestras vidas (y también cómo a veces impedimos que actúe). Hecho en presencia de Dios, sin miedo a reconocer lo bueno y lo no tan bueno de nuestro día, es un gran ejercicio para irnos conociendo y aceptando nuestras grandezas y fragilidades.

5. Ayudar a los demás

Aunque suene contradictorio ayudar a los demás es un gran camino para conocer nuestro interior. Nadie alcanza a conocerse “en teoría” y, en el fondo, solo se conoce quien vive según su identidad. No conocemos qué es amar estudiando un manual sobre qué es el amor. Lo conocemos a fondo cuando amamos y nos entregamos. Nunca las personas son un “medio” para conocernos, pero definitivamente al darnos a los demás podemos tomar conciencia de nuestras capacidades y, también, de cómo el servicio es algo que en el fondo nos revela anhelos muy profundos de nuestra identidad.

¿Qué otras cosas te ayudan a ti a hacer silencio?