Antes de morir

A veces vivimos como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Planeamos, corremos, nos llenamos de cosas que parecen urgentes, y de pronto el alma se queda atrás. Ante esta realidad, surge la pregunta: antes de morir, ¿qué estás haciendo con el tiempo que se te regala cada día?

Este pequeño corto que hoy te comparto nos presenta a una joven que, de pronto, solo tiene 24 horas de vida. ¿Cómo las utilizará? Sus decisiones son oportunidad para que también nosotros reflexionemos en qué anhelamos cumplir antes de morir.

¿Qué querrías lograr antes de morir?

Uno de mis mayores miedos es que, en un abrir y cerrar de ojos, se me haya pasado la vida sin haberla disfrutado. No temo el paso del tiempo; me asusta más el riesgo de vivir sin estar verdaderamente presente.

Me preocupa cumplir con todo y, aun así, sentir que algo esencial se me escapa, vivir rodeada de afectos, pero distraída, y compartir mucho, sin llegar a conectar de verdad.

A veces introducimos incluso nuestros vínculos dentro de la rutina: hablamos, pero no escuchamos; estamos, pero sin corazón. Nos acostumbramos al amor y dejamos de mirarlo, viviendo acompañados, pero desconectados.

Y en ese descuido silencioso, empezamos a morir un poco, porque dejamos de vivir de verdad.

El peligro de vivir dormidos

La rutina tiene esa trampa de hacernos creer que lo de todos los días no tiene misterio, a pesar de que cada jornada es una semilla de eternidad. Jesús nos invita a vivir despiertos, atentos a Su paso en lo pequeño.

«Estén preparados, porque no saben ni el día ni la hora» (Mateo 25,13)

Quizás esa sea la clave: antes de morir son todos los días, porque cada día puede ser el último. No se trata de vivir con miedo, sino de vivir con conciencia. No sabemos ni el día ni la hora, pero hoy tenemos la oportunidad de amar, de agradecer y de estar presentes.

Vivir con presencia es habitar lo que sucede sin escaparnos al pasado ni al futuro. Es escuchar con el alma, mirar con ternura y saborear el instante. A veces basta con detenerse y respirar. Es un simple acto de decir: «Señor, estoy acá», y quedarse un momento en silencio, sabiendo que Él también está.

¿Quedará tiempo antes de morir…? ¡No dejes la conversión para después!

¡Cuántas veces nos decimos: «cuando tenga tiempo», «cuando todo se calme», «cuando me sienta preparado»! Pero la vida espiritual no espera, el amor no se posterga, y la reconciliación no debería depender del calendario.

Antes de morir, pide perdón a tiempo. Abraza más, suelta las excusas, y reconcíliate con lo que fuiste, con lo que eres y con lo que todavía esperas ser.

«Ahora es el momento favorable, ahora es el día de la salvación» (2 Corintios 6,2)

Vivir con presencia es reconocer que Dios pasa también por lo ordinario: por una conversación que sana, una sonrisa que alivia o una oración susurrada en medio del ruido. Ahí, donde la vida parece simple, el Espíritu hace nuevas todas las cosas.

Solo por hoy

San Juan XXIII escribió: «Solo por hoy trataré de vivir intensamente el día, sin desear resolver el problema de toda mi vida de una vez».

Quizás tú también necesites recordarlo: la santidad no está en hacerlo todo, sino en amar bien lo que te toca vivir hoy. Antes de morir, aprende a vivir así: sin prisa, sin miedo y con fe, confiando en que cada instante —este, el de ahora— es suficiente para encontrarte con Dios.

«No se preocupen por el mañana, porque el mañana se preocupará de sí mismo» (Mateo 6,34)

Vivir con presencia es un acto de fe: es creer que Dios te habita ahora, no ayer ni mañana, sino ahora. Y que este momento, con su belleza y sus límites, es sagrado.

A veces ayuda algo tan simple como agradecer: «Gracias, Señor, por este café, por esta charla, por esta luz de la tarde». La gratitud te devuelve al presente, te despierta y te hace sentir vivo.

La eternidad empieza hoy

Pensar en lo que quieres hacer antes de morir no debería llevarte al miedo, sino al deseo de vivir con hondura, de no dejarte robar la ternura, la escucha o la fe.

La eternidad no empieza después de la muerte; empieza hoy, cuando amas, cuando perdonas, cuando te detienes, o cuando miras a alguien a los ojos y lo reconoces como hermano.

El tiempo se vuelve sagrado cuando lo habitas con fe, cuando dejas que lo eterno se cuele en lo cotidiano. Ahí —en lo simple, en lo pequeño, en lo real— empieza el Cielo.

Oración final

Señor, no dejes que se me pase la vida sin vivirla.
Enséñame a estar donde estoy, a mirar con amor lo que tengo delante, a no esconderme en lo urgente.
Que no me gane la prisa ni el miedo,
que no me adormezca la costumbre,
que en lo de todos los días descubra Tu presencia fiel.
Y cuando llegue mi hora, que me encuentre agradecido,
con el corazón abierto y las manos vacías,
porque habré aprendido —por fin— que vivir Contigo
ya era comenzar la eternidad.
Amén.

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