Buscando material para una charla sobre sexualidad y dificultades en el matrimonio, encontré esta charla TED de Esther Perel, terapista experta en relaciones y sexualidad.

La charla si bien es de algunos años, toca temas contemporáneos sobre sexualidad y deseo que reflexionados a la luz de la fe nos pueden servir a la hora de aproximarnos al amor conyugal y la atracción sexual. Temas que muchas veces no nos atrevemos a tocar.

Cabe aclarar que no avalamos todas las afirmaciones que se dan en esta charla. Pero te invito a escucharla completa para que comprendas mejor los puntos que me gustaría reflexionar contigo.

1. Los dilemas del amor moderno

También son nuestros dilemas, en el sentido de vivir en el mundo y ser afectados por su cultura. Entender esto no solo puede que nos dé luces sobre nuestros propios conflictos conyugales, sino además, nos permita a ayudar a otros.

Nuestra vida cristiana sostiene nuestra vida cotidiana pero no nos libera de ella ni del mundo que nos rodea, somos afectados por este y su cultura. 

La gran confusión entre amor y deseo es el corazón del dilema moderno: «El deseo se ha convertido como una expresión de nuestra individualidad, de nuestra libre elección, de nuestras preferencias, de nuestra identidad. El deseo se ha convertido en el concepto central del amor moderno y de las sociedades individualistas».

El amor ha perdido su lugar y viene siendo gobernado por el deseo. Movernos, no solo en el campo de la sexualidad, manejados por el deseo, muchas veces puede conducirnos a desenlaces fatales de los cuales somos testigos día a día (individualismo, abandono, falta de compromiso, egoísmo, etc.).

Hemos visto que si bien el querer algo por sí mismo no es malo, el justificar cualquier medio para obtener el objeto de mis deseo sí lo es. Además cabe la posibilidad que mis deseos vayan en contra de mi propio bien. Un amor gobernado por los deseos tiene un final prematuro.

Como creyentes no somos inmunes a este dilema moderno. Todos de alguna manera estamos influenciados por esta cultura que se basa en las inclinaciones del ser humano a complacer sus pasiones cualquiera que estas fueran.

Entender el verdadero significado del amor a la luz de la fe, nos da las distinciones necesarias para aproximarnos al otro de una manera más plena. Para profundizar en este tema te recomiendo el curso online: «Anatomía de un amor verdadero». ¡Es maravilloso!

2. Amor y deseo

Amor y deseo no son lo mismo. El deseo, entendido en este caso como atracción sexual, es un componente del amor conyugal y no un componente menor.

Si le quitamos el componente sexual al amor conyugal, básicamente nos quedamos con una amistad. Necesitamos entenderlo para poder gobernarlo. 

La atracción es un componente importante, pero no es el amor mismo. Lo puede alimentar, definitivamente. Mal manejado lo puede destruir. 

Entre las muchas distinciones que E. Perel hace, muestra el espacio de las relaciones sexuales como un lenguaje y específicamente habla de una poesía en él.

Es interesante que lo haga porque en la poesía hay tiempo, hay ritmo, hay momentos. Esto nos habla entre líneas y acertadamente nos conduce a entender que al deseo se le necesita gobernar.

Quedarse a merced de él es quedarse en una posición muy vulnerable y casi de esclavitud, que puede afectar nuestras relaciones matrimoniales profundamente.

3. Instinto versus relación 

Entre los argumentos que hoy escuchamos para justificar el uso de nuestra sexualidad «utilitariamente» (valga la redundancia), desvincularla de la conexión afectiva, y dar rienda suelta a nuestros deseos «naturales», encontramos el hacerle caso al instinto sexual. 

En esta charla E. Perel, hace una aclaración inobjetable: «Los animales tienen sexo, se unen sexualmente por instinto, por supervivencia, es pura biología. En los seres humanos se habla de una vida sexual. Su sexualidad habla de relación, de intimidad, de afectarse emocionalmente».

Por lo tanto esto de seguir el «instinto» solo es válido para los animales. En el ser humano lo afectivo juega un papel crucial por más esfuerzo que se ponga en desvincular ambas dimensiones. 

Como motivador del deseo humano E. Perel habla de la imaginación. La imaginación juega un papel protagonista frente al manejo de nuestros deseos.

Pero, ¿quién maneja a la imaginación? Sin temor podemos afirmar que la inteligencia y la voluntad. En las relaciones humanas, estas capacidades espirituales, siempre entran a tallar. 

4. Imaginación y pureza

Al ser la inteligencia y la voluntad los motores que manejan la imaginación, podemos entrar a conversar de un punto que era de esperar que no toquen en estos diálogos: la pureza y la recta intención de nuestra mente.

¿Cuánto espacio damos y consentimos a nuestra imaginación para provocar un placer utilitario? y ¿es posible hacer una opción consciente para detenerlos?

La pureza es una virtud que se cultiva. Como toda virtud se cultiva con ayuda de la gracia, pero también con el ejercicio consciente de orientar mi inteligencia y mi voluntad hacia el bien, lo bello y lo verdadero.

5. El deseo puro, no es lo mismo que puro deseo

El desear puramente a nuestro esposo o esposa es algo maravilloso. Sí, se puede desear con pureza, esto es vivir la castidad matrimonial.

Y esto incluye ser conscientes de los fines de las relaciones sexuales entre esposos y esforzarnos por vivirlos. En un matrimonio no solo habrá deseo, pero tampoco hay que resignarse a la ausencia de este.

Durante varios puntos en su exposición E. Perel nos habla de aquellos detonadores del deseo y los compara con aquellos que lo apagan.

Citar específicamente la llegada de los hijos como aquel momento en que el deseo parece desaparecer, y digo «parece» porque los que ya tenemos varios hijos sabemos que ese deseo vuelve, se convierte en casi una justificación para decidir no tener hijos o tener la menor cantidad posible. Total, hay que priorizar la relación de pareja. 

Si comprendemos rectamente la llegada de los hijos como producto del amor y del deseo entre ambos progenitores, un nuevo sentido aparece.

No es que los hijos maten el deseo. Esta pausa con la que la propia naturaleza colabora, da espacio al florecimiento de un amor mucho más comprometido entre hombre y mujer que, además de hacerse amantes, se han hecho mutuamente padre y madre.

La posibilidad de redescubrirnos en esa dimensión es presentarse frente a un misterio que puede ser por demás seductor, atractivo y que prepara lentamente para un encuentro nuevo más pleno y más profundo.

El reto aquí es mantenerse juntos, remar juntos, mirar hacia el mismo lugar juntos, hablar juntos e intimar en un espacio nuevo: la paternidad y maternidad.

6. La relación conyugal y el despliegue personal

La relación entre los esposos es una relación que es complementaria, de compañeros y de amantes (que se aman). El estudio de esta investigadora afirma que el deseo entre parejas que tienen mucho tiempo juntas y que son estables, se funda en tener, entre otras cosas, conciencia que una relación sexual necesita ser  «planeada, intencional, es foco y presencia».

Una relación sexual necesita ser unión plena. En el momento en que esa dinámica cambia y esa complementariedad pasa a dependencia o a necesidad, es de esperar que el deseo disminuya e incluso desaparezca, y peor aún, se desvirtúe.

Es alentador ver cómo la ciencia afirma que una relación comprometida tiene que ver con la búsqueda del despliegue del otro y cómo ver que ese despliegue nos atrae y nos llena de gozo.

Cuando la historia personal no encuentra reconciliación en el presente, que en la charla se menciona como inconformidad con mi cuerpo, con mis capacidades, o con mi estado emocional, es tan difícil amar plenamente. 

Esa falta de reconciliación que le echa la culpa al otro de sus miserias desde el inicio de los tiempos, que no asume su culpa (responsabilidad) por lo sucedido, que no acepta, necesita ser redimida.

Tal vez el matrimonio, en la unión íntima entre un hombre y una mujer que se aman, sea un ámbito de reconciliación para esta historia entre el hombre y la mujer, fragmentada desde el inicio del mundo, una relación que sigue sufriendo por querer vivir a merced de nuestras inclinaciones.