Hace unas semanas se viralizó un video de una joven paraguaya que lleva el título de licenciada que acaba de obtener a su padre, que trabaja como albañil en una obra en construcción. El video es hermoso porque la hija reconoce que ella se recibió, gracias al esfuerzo y aliento de su padre. Un ejemplo que es muy frecuente en nuestra querida Hispaonamérica, y que gracias a Dios, es cada vez más frecuente. Por ello se nos ocurrió que sería una buena idea mostrar en esta galería el aliento que tanto los padres como los hijos necesitan para que este ejemplo cunda y sea cada vez más común.

1. El esfuerzo silencioso de los padres

Un padre haría cualquier cosa por sus hijos. Un buen padre es quien descubre, apoya y guía todo el potencial de sus hijos. Y cuanto más silencioso es ese descubrimiento, más maravilloso es el padre. Soy el menor de doce hijos, y nuestros padres silenciosamente nos sirvieron de ejemplo, de inspiración y de estímulo para ser cada vez mejores.

2. El dolor, cuando se ama, es ligero

El esfuerzo de los padres, como en el caso de la joven que vemos hoy, es muchas veces en el dolor, en la oscuridad, en el sufrimiento. Pero esos dolores tienen su recompensa enorme: ver los frutos del esfuerzo reflejados en los hijos. El Papa Francisco dijo: «Jesús nos recuerda que su vía es la vía del amor, y no hay verdadero amor sin el sacrificio de sí».

3. No está mal desear que los hijos superen a sus padres

El amor es buscar el bien de la persona amada. Y esto se ve especialmente en nuestros hijos. Nosotros quisiéramos siempre que nuestros hijos sean mucho mejores que nosotros. El amor nos impulsa a querer como san Juan Bautista: «Qué el aumente y que yo disminuya» (Jn 3, 30). El amor de los padres es el sacrificio de la propia vida para ver a los hijos superarse y superarnos.

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4. A veces el cansancio hace que la alegría se olvide

El papá de este caso había trabajado tan esforzadamente que no pudo ir a la entrega de grados de su hija licenciada. Y es que muchas veces los papás nos olvidamos de nosotros mismos para lograr que nuestros hijos lleguen a ser lo que deben ser. Ese olvido de sí mismos es un camino privilegiado de santidad. El Papa Francisco dijo recientemente: «Veo la santidad en una mujer que cría a sus hijos. En un hombre que trabaja para llevar a casa el pan. En los enfermos. En las religiosas… Esta es la santidad común».

5. Tú (como hijo) puedes aligerar la carga de tus padres 

El sacrificio gigante de nuestros padres para regalarnos la vida, para esforzarse por 20, 30 o 40 años, tiene que tener también su retribución. Los hijos tenemos que ser agradecidos con nuestros padres, y valorar el esfuerzo que ellos hicieron para que nosotros lleguemos a ser lo que somos. En el hogar, tenemos que estar dispuestos a ayudar a nuestros padres en su tarea, pero especialmente cuando se van poniendo viejitos, podremos retribuirles todo lo que hicieron por nosotros ayudándolos en su vejez a que se sientan confortados, acompañados y queridos, especialmente por sus hijos y nietos.

Nuestros padres nos dan todo lo que somos. A ellos le debemos eterna gratitud y respeto. Por eso en los mandamientos, el mandamiento relativo a los padres está en la primera tabla, la referida a los deberes con Dios. Y luego, cuando sea el momento de juntar los frutos de la familia, se nos garantiza la felicidad plena. El Papa Francisco lo describió así:

«El profeta [Isaías] escribe: “Mira a tu alrededor y observa: todos se han reunido y vienen hacia ti; tus hijos llegan desde lejos y tus hijas son llevadas en brazos. Al ver esto, estarás radiante, palpitará y se ensanchará tu corazón”. Es una espléndida imagen, una imagen de la felicidad que se realiza en el encuentro entre padres e hijos, que caminan juntos hacia un futuro de libertad y paz».

Hagamos que cada familia camine junto a Dios hacia este futuro de libertad y de paz. Hagamos de cada hogar un nido de humanidad, donde se despliegue lo mejor de la próxima generación en un clima de amor, de respeto y de sacrificio. Hagamos de cada hogar un hogar a imitación del que tuvieron Jesús, María y José, que ayudaron a crecer al Niño Jesús en sabiduría, estatura y gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2,52).