Este fue un fin de semana distinto. De viernes a domingo tuve la oportunidad de asistir a un curso internacional de demencia y simplemente me abrió los ojos. No había caído en cuenta de la enorme importancia que tiene el acompañamiento y el cariño de la familia en la calidad de vida del adulto mayor o de un enfermo terminal. Y sí, todos intuimos que un enfermo que pasa tiempo con su familia tiene un mejor performance que alguien que pasa su día en soledad o frente a un televisor prendido. 

No hay que ser psicólogo o especialista para darse cuenta de eso. Sin embargo, ha sido para mí la primera vez que he visto evidencia científica que muestra claramente efectos significativos en la calidad de vida de los pacientes. Como decían algunos investigadores y geriatras durante el curso, el 30% lo hace la medicina y el 70%, el cuidado de la familia.



En este sentido, el video que les traemos hoy es creado por «Nejste Sami», un proyecto sin fines de lucro, fundado en República Checa. Su objetivo principal es facilitar y proveer cuidados paliativos en las casas de los pacientes. Se enfocan en ayuda humanitaria y social para que el adulto mayor o enfermo terminal no sea internado en una institución externa sino que pueda recibir los cuidados médicos que correspondan a su condición en la comodidad de su casa. Hacia el final del video, se escucha el dato de que al menos el 80% de adultos mayores prefiere pasar sus últimos días en su casa y no en una institución médica o casa de reposo.



Los abuelos de la familia y nuestra oportunidad de ayudarlos

Cuando vi esta historia no pude más que conectarlo con lo que acababa de aprender este fin de semana. Y es que hablar con los abuelos de la familia, integrarlos a nuestras vidas, a nuestros días, dejarnos iluminar por su experiencia es inyectarles vida: ¡Calidad de vida! Es incluso un factor de protección contra la demencia. Según algunos investigadores, la demencia debe entenderse como una desconexión de la realidad. Dicha desconexión puede ser catalizada por la soledad, por falta de vida social activa. No solo me refiero a que no frecuenten a sus amigos, puede ser algo tan simple como que los hijos no conversen con sus padres…

Cosas tan pequeñas como tratar de que no duerman mucho durante el día, mantenerlos activos y/o interesados en cosas que les guste. Que no estén en pijama todo el día, que salgan a caminar un rato y tratar de mantener un buen tono muscular es esencial para alcanzar un envejecimiento exitoso. Ponerles música para que canten, bailen y, si es posible, que aprendan a tocar un instrumento pues todo esto tiene un efecto protector en contra de distintos tipos de demencia. Entre ellos, enfermedad de Alzheimer. Incluso para aquellos que ya presenten la enfermedad, tomar estas acciones puede desacelerar su progreso de forma significativa. 

La enfermedad y la esperanza

Como explica la organización Marie Curie, hay muchos mitos en el tema de cuidados paliativos. Se piensa que solo tratan el dolor o síntomas físicos. La realidad, sin embargo, es que estos cuidados deben abarcar aspectos físicos, emocionales, psicológicos, sociales, entre otros. Se debe tener, por lo tanto, un enfoque holístico pues tratamos a una persona completa, no solamente su biología.

Nuestro Papa emérito Benedicto XVI hace una brillante y sentida reflexión

«La enfermedad conlleva inevitablemente un momento de crisis y de seria confrontación con la situación personal. Los avances de las ciencias médicas proporcionan a menudo los medios necesarios para afrontar este desafío, por lo menos con respecto a los aspectos físicos. Sin embargo, la vida humana tiene sus límites intrínsecos, y tarde o temprano termina con la muerte. Esta es una experiencia a la que todo ser humano está llamado, y para la cual debe estar preparado.

Aunque es verdad que la vida humana en cada una de sus fases es digna del máximo respeto, en ciertos aspectos lo es más aún cuando está marcada por la ancianidad y la enfermedad. La ancianidad constituye la última etapa de nuestra peregrinación terrena, que tiene distintas fases, cada una con sus luces y sombras. Podríamos preguntarnos: ¿tiene aún sentido la existencia de un ser humano que se encuentra en condiciones muy precarias, por ser anciano y estar enfermo? ¿Por qué seguir defendiendo la vida cuando el desafío de la enfermedad se vuelve dramático, sin aceptar más bien la eutanasia como una liberación? ¿Es posible vivir la enfermedad como una experiencia humana que se ha de asumir con paciencia y valentía?

Con estas preguntas debe confrontarse quien está llamado a acompañar a los ancianos enfermos, especialmente cuando parece que no tienen ninguna posibilidad de curación. La actual mentalidad eficientista a menudo tiende a marginar a estos hermanos y hermanas nuestros que sufren, como si solo fueran una “carga” y un “problema” para la sociedad. Al contrario, quien tiene el sentido de la dignidad humana sabe que se les ha de respetar y sostener mientras afrontan serias dificultades relacionadas con su estado. Más aún, es justo que se recurra también, cuando sea necesario, a la utilización de cuidados paliativos que, aunque no pueden curar, permiten aliviar los dolores que derivan de la enfermedad.

Sin embargo, junto a los cuidados clínicos indispensables, es preciso mostrar siempre una capacidad concreta de amar, porque los enfermos necesitan comprensión, consuelo, aliento y acompañamiento constante. En particular, hay que ayudar a los ancianos a recorrer de modo consciente y humano el último tramo de la existencia terrena, para prepararse serenamente a la muerte, que —como sabemos los cristianos— es tránsito hacia el abrazo del Padre celestial, lleno de ternura y de misericordia.

Quisiera añadir que esta necesaria solicitud pastoral hacia los ancianos enfermos no puede menos de implicar a las familias. En general, conviene hacer todo lo posible para que las familias mismas los acojan y se hagan cargo de ellos con afecto y gratitud, de modo que los ancianos enfermos puedan pasar el último período de su vida en su casa y prepararse para la muerte en un clima de calor familiar.

Aunque fuera necesario internarlos en centros sanitarios, es importante que no se pierda el vínculo del paciente con sus seres queridos y con su propio ambiente. Conviene que en los momentos más difíciles el enfermo, sostenido por el cuidado pastoral, se sienta animado a encontrar la fuerza de afrontar su dura prueba en la oración y en el consuelo de los sacramentos. Que se sienta rodeado por sus hermanos en la fe, dispuestos a escucharlo y compartir sus sentimientos. En verdad, este es el verdadero objetivo del cuidado “pastoral” de las personas ancianas, especialmente cuando están enfermas, y más aún si están gravemente enfermas.

En diversas ocasiones mi venerado predecesor Juan Pablo II, que especialmente durante su enfermedad dio un testimonio ejemplar de fe y de valentía, exhortó a los científicos y a los médicos a comprometerse en la investigación para prevenir y curar las enfermedades vinculadas al envejecimiento, sin caer jamás en la tentación de recurrir a prácticas de abreviación de la vida anciana y enferma, prácticas que de hecho serían formas de eutanasia.

Los científicos, los investigadores, los médicos y los enfermeros, así como los políticos, los administradores y los agentes pastorales no deberían olvidar nunca que “la tentación de la eutanasia (…) es uno de los síntomas más alarmantes de la cultura de la muerte, que avanza sobre todo en las sociedades del bienestar” (“Evangelium vitae”, 64). La vida del hombre es don de Dios, que todos están llamados a custodiar siempre. Este deber también corresponde a los agentes sanitarios, que tienen la misión específica de ser “ministros de la vida” en todas sus fases, particularmente en las marcadas por la fragilidad propia de la enfermedad. Hace falta un compromiso general para que se respete la vida humana no solo en los hospitales católicos, sino también en todos los centros sanitarios.

Para los cristianos es la fe en Cristo la que ilumina la enfermedad y la condición de la persona anciana, al igual que cualquier otro acontecimiento y fase de la existencia. Jesús, al morir en la cruz, dio al sufrimiento humano un valor y un significado trascendentes. Ante el sufrimiento y la enfermedad los creyentes están invitados a no perder la serenidad, porque nada, ni siquiera la muerte, puede separarnos del amor de Cristo. En Él y con Él es posible afrontar y superar cualquier prueba física y espiritual y, precisamente en el momento de mayor debilidad, experimentar los frutos de la Redención. El Señor resucitado se manifiesta, en quienes creen en él, como el viviente que transforma la existencia, dando sentido salvífico también a la enfermedad y a la muerte.

Queridos hermanos y hermanas, a la vez que invoco sobre cada uno de vosotros y sobre vuestro trabajo diario la protección materna de María, “Salus infirmorum”, y de los santos que han dedicado su vida al servicio de los enfermos, os exhorto a esforzaros siempre por difundir el “evangelio de la vida”».

La sabiduría de la fe y el poder del amor

Como investigadora, me impresiona particularmente la lucidez y claridad de Benedicto XVI y me hace apreciar más nuestra fe. Actualmente hay evidencia sólida de que los tratamientos NO farmacológicos tienen un efecto tangible y significativo en la mejora de la calidad de vida de adultos mayores y/o enfermos terminales.

Dichos tratamientos son de bajo costo, no tienen efectos secundarios y pueden ser dados por cualquiera de nosotros. Lo que más me impresiona es que, antes de que la humanidad tenga este conocimiento, la sabiduría de nuestra fe ya nos decía lo importante que son estos cuidados. Es importante recordar que ultimadamente es el alma la que sustenta al cuerpo y nosotros como familiares/cuidadores podemos ayudar a cuidar, fortalecer y alegrar esa alma con y por el amor.

Demás está decir que es bueno y necesario proveer a los pacientes de su medicación, pero es nuestro amor el que tiene la capacidad de repotenciar sus efectos. Qué Dios nos dé la gracia de alimentarnos primero de Su amor para que así podamos comunicarlo a nuestros enfermos (¡de otra forma, es imposible!). Y que cuando nos toque, tengamos la gracia también de recibir esta cortesía. Así sea.