¿Cómo no llorar al ver un video como este?, ¿cómo no llenarse de emociones y sentimientos desbordantes, cuando vemos tanto amor? Pienso yo que este tipo de videos, series e incluso películas, que tienen una narrativa, que exalta el amor entre nosotros, llegan con tanta fuerza, tanta energía y vida a nuestros corazones, que es inevitable pensar aunque suene triste y duro —, que se hace cada vez más difícil de encontrar.

Vivimos en un mundo que exalta el individualismo y las capacidades personales para sobresalir. Un mundo en el que se compite por quién puede estar siempre por encima de los demás, incluso en una búsqueda egoísta de la felicidad. Parece un absurdo. Pero si la pregunta que nos planteamos es: ¿Qué tengo que hacer para ser feliz?, ¿no muestra un camino que me toca solo a mí? ¡Piénsalo con calma! ¿No falta en esa pregunta la relación con los demás?



Las personas no pueden vivir solas

«Los hombres no son islas» (Thomas Merton). Es el amor entre nosotros, lo que nos hace felices. Como personas, estamos llamados a la comunicación y relación de amor entre unos y otros. Ni que decir, con Dios mismo. Permítanme transcribir un pasaje del Catecismo:



«La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entre a su Creador». (C.E.C. 27)

Por ahí deberíamos empezar. Desde nuestra relación personal con la Santísima Trinidad, descubrimos — hechos a imagen de Jesucristo — como solamente el amor puede saciar el anhelo profundo que tenemos de darle sentido a nuestra vida. ¿Qué otra cosa podemos vivir que nos llene más el corazón que el amor? No nos olvidemos que todo en este mundo es «vanidad de vanidades» (Eclesiástes 12, 8 – 14). Al final, lo que cuenta es el amor. 

San Pablo, en su carta a los Corintios, nos lo describe muy bien. Rescato algunas de las características que menciona, en ese conocidísimo «Cántico de la Caridad» (1 Corintios 13, 1 – 13): «Paciente, bondadosa, no es envidiosa, no es jactanciosa ni orgullosa; es decorosa; no busca su interés, no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta». ¡Cuánta enseñanza! Imagínense, ¡si tan sólo viviéramos un poco de todas esas bondades! Muy distinto sería el mundo.

La sociedad como reflejo de las familias

Todos hemos escuchado mil veces, desde que tenemos uso de razón, como la familia es la célula fundamental de la sociedad. Nos emocionamos y lloramos con un video así, pues una familia bien constituida, refleja y es manifestación prístina del amor que todos queremos vivir. El amor matrimonial, el amor a los hijos. Los sacrificios que significan para los padres, tener que asumir las distintas responsabilidades, y no poder estar todo el tiempo junto a los hijos. Se generan a veces, sentimientos encontrados de tristeza. Pues, obviamente, quisiéramos estar siempre junto a los que amamos. Pero la vida sigue, y por ejemplo como lo vemos en el comercial, el padre o la madre, no pueden dejar de trabajar.

Algo, deveras interesante en el video, es como el padre hace todo lo posible, para aprovechar al máximo los tiempos que tiene con su hija. No le importa el cansancio, la fatiga de horas y horas de trabajo. Lo que anhela es llegar a casa y estar con su familia y acompañar los años de crecimiento de su hija. ¿Cuántos padres recién se dan cuenta que perdieron tiempo valioso de la vida de sus hijos? Cada padre tiene que preguntarse esto con mucha seriedad. A veces, por querer darle lo mejor a los hijos, olvidamos compartir y vivir lo más importante: el amor.

El futuro del hijo depende del amor de los padres

El final del video nos cuestiona y es increíblemente apelante. La hija, que en un momento de su adolescencia quiere ser rebelde y empezar a comportarse como una chica «cool» — lo vemos en la escena que se está pintando ante el espejo, y el papá la corrige— entiende y se deja corregir por el padre. Llega la «pregunta del milenio» que muchísimos padres se hacen: «¿Cómo hago para que mi hijo (a) entienda que eso está mal?» Que está yendo por mal camino. Respondo a la pregunta — aunque pueda parecer muy simplista y repetitiva — con una palabra: AMOR.

Esta respuesta tan sencilla y simple a la vez, no por eso, carece de profundidad y riqueza. El fruto hermosísimo del matrimonio de la hija, y luego el nacimiento de su hijo, es la prueba evidente, de que una vida en la que prima el amor, más allá de las cruces y dificultades, es la garantía de un «árbol lindo y frondoso».