El amor de una madre

Kate Hudson es una actriz reconocida de 44 años. Recientemente, hizo su debut en la música y compuso una canción que ha sido reconocida como una carta de amor para todo padre y madre. Especialmente para todas las madres que sufren el duelo de un hijo que se «va» de casa. Se titula «Live Forever».

En ella habla sobre las altas y bajas de la maternidad. Está dedicada para su hijo Ryder, de ahora 20 años. En un tierno video, muestra pequeños clips de ambos. Es una canción que nos muestra el lado más tierno y vulnerable del corazón de una madre que ve crecer y partir a su hijo.

Debemos reconocer que ser padres conlleva mucha responsabilidad, pero también trae consigo muchos momentos de alegría, ilusión, sueños y, más que nada, mucho amor. Pero, ¿qué pasa cuando los hijos crecen y se van de casa?

Como padres, educamos a nuestros hijos para ser personas de bien, responsable y capaces de enfrentar la vida por sí solos, aunque esto implique dejarlos ser libres. Aunque implique vivir solo con los hermosos recuerdos de cuando se compartían risas en las cenas o desayunos sorpresa.

Sin embargo, sabemos que es un proceso que se debe cumplir y afrontar desde el amor. De esta hermosa canción, que te comparto aquí, tomé algunos aspectos para reflexionar sobre nuestra maternidad.

Ser madre, un amor que nos cambia la vida

«Y tú viniste y cambiaste mi vida», escuchamos en la canción. El regalo más grande de Dios para la mujer es ser madre. El poder dar vida y vivir para los hijos es algo inexplicablemente hermoso. Tan importante es la madre, que hasta Dios mismo quiso tener una a su lado. Y escogió a la mejor: la Virgen María.

Desde antes de nacer hay una conexión entre la madre y el hijo. Por eso, cuando nace, se crea un vínculo todavía más fuerte. La vida ya no será como antes, por supuesto. Pero no me malinterpreten, la vida se vuelve todavía mejor, sabiendo que en ese pedacito de Cielo que Dios nos regaló tendremos un amor incondicional, que traspasa todo.

Los sueños que teníamos para nosotras cambian y se vuelven sueños por y para nuestros hijos. Sus metas y anhelos se convierten también en nuestros, porque, si ellos son felices, nosotros también a través de ellos lo somos.

Nuestro motor es su felicidad. Llegaron a cambiarnos la vida.

«Y miraré con nostalgia y asombro, mientras te encuentras con tu destino»

«Disfruta, que el tiempo pasa rápido» nos dicen al momento de ser madres, la mayoría del tiempo con nostalgia en la voz. Como un buen consejo, pasamos esta frase de generación en generación para recordarnos que debemos añorar todos los momentos alegres o tristes, de triunfo o derrota, pues no volverán y solo se quedarán en la memoria.

Mientras pasan los años, vemos con asombro y nostalgia cómo crecen, caminan, juegan y se vuelven cada vez más independientes; empiezan a explorar y a conocer un mundo a su medida. Así, poco a poco, vivimos por muchos años inmersos en el amor de nuestros hijos.

Vemos sus sueños y sus triunfos cumplidos. Somos parte de sus primeros tropiezos y lágrimas. En un abrir y cerrar de ojos, contemplamos que pasan de estar cargados en nuestros brazos a correr a abrazarnos en su graduación. Poco a poco, los vamos ayudando a encontrar su propio destino.

«Los corazones rotos sanarán, solo toman tiempo, pero si me necesitas, bueno, te tengo»

El amor de una madre es incondicional, sin condiciones. El amor de una madre es un amor que no espera nada a cambio, es noble, único, generoso y puro. Es aquel que sin importar lo que pase siempre amara de la misma manera. El corazón de una madre es tan puro que siempre está orando por el bienestar de sus hijos.

Nosotras contribuimos a que ellos encuentren su motivación y su forma de vivir la vida. Se les guía y educa para crecer en fe, esperanza y amor. Se les recuerda que no importa la cantidad de veces que lleguen a tropezar, que lo importante es levantarse y recordar que nosotras siempre estaremos para ellos; que habrá obstáculos en la vida, incluso más de un corazón roto, pero tienen que tener la certeza de que, como sus madres, nuestros brazos están abiertos para cuando los necesiten.

Es cierto que es una bendición verlos crecer. Oramos por que tengan una vida plena, pero a veces no queremos soltarlos, porque suele ser muy duro ver cuando ellos van a cumplir sus sueños y hacer su vida.

Especialmente como madres es difícil verlos partir, reconocer que ya no son nuestros pequeños. Por eso, todos los momentos, recuerdos, alegrías e incluso tristezas deben ser guardados en nuestro corazón, tal como lo hacía la Virgen María: «María atesoraba todas estas cosas, reflexionando sobre ellas en su corazón» (Lc. 2, 19 – 20).

Por todo esto, solo quiero recordarles que la maternidad es un regalo de Dios, una vocación que nos lleva a acoger la vida, protegerla, sostenerla y acompañarla en su crecimiento físico y espiritual. Es un don maravilloso, disfrutémoslo día a día.