«Amo a Jesús, pero estoy en desacuerdo con la religión». Lo he escuchado muchas veces. No solo de personas que consideran a Jesús como un gran personaje histórico, lleno de sabiduría y palabras profundas, sino incluso de aquellos que lo consideran Dios y lo aman. Usualmente estas ideas van de la mano con otra idea muy frecuente en nuestro tiempo: no necesito a la Iglesia, y me basta con una relación directa con Jesús. ¿Tiene sentido?

Aunque no los veamos, hay dos principios de fondo bastante importantes en esta línea de pensamiento, muy presente—es bueno saberlo— en el mundo del evangelismo norteamericano y que poco a poco se han filtrado entre los católicos. El primero es el siguiente: el ser humano está tan herido por el pecado que no puede hacer nada bueno para salvarse. El segundo, muy relacionado al primero, es pensar que solo basta la fe y no son necesarias las obras. Hay cierta coherencia en esa lógica, pues si estamos tan heridos por el pecado, entonces nada bueno podemos hacer, y todo acto externo no es más que algo superficial, sin ningún contenido posible. Ambas ideas están en el núcleo del pensamiento de Martín Lutero.

No hay duda de que estamos heridos por el pecado. Sabemos, sin embargo, que hay mucho de bueno en nosotros, y que podemos hacer cosas buenas si queremos, y que esas obras tienen tantísimo valor para Dios. Sabemos, también, que una fe que no se manifiesta en obras es una fe estéril, inmadura o peor aun, inexistente. Es duro decirlo, pero es verdad. Dios puede ofrecernos miles de regalos, pero no nos obliga a aceptarlos. Es un principio inherente al amor: debe ser libre y gratuito, aceptado libremente, sin ninguna condición.

«Amo a Jesús, pero no a la religión». Quizás lo pueda decir un ángel, seres puramente espirituales. Pero no lo podemos decir los seres humanos, que tenemos un espíritu y también un cuerpo material, y por tanto, todo lo visible es importante. Precisamente la religión tiene muchos componentes importantes, y por eso son necesarios para nosotros. De paso, Jesús uso un montón de signos externos en su vida. Usó barro para curar a un ciego, agua para el bautismo, pan y vino para la Eucaristía. El mismo se hizo hombre, y con esos signos nos dio a entender que lo material tiene un valor increíble.

Ciertamente hay religiosidad que puede estar vacía y sin sentido. Pero la religiosidad que propone Jesús no es esa. La de Jesús está llena de una piedad auténtica, de signos externos y, sobre todo, de un amor infinito que le da sentido a todo. Les comparto cuatro pensamientos muy sencillos sobre la religión.

1. Jesús criticó la religiosidad meramente externa

Sin duda sus palabras más duras, esas que a veces uno quiere sacar del Evangelio. Las dirigió a los fariseos y escribas que habían caído en un cumplimiento externo de la ley, pero se habían olvidado por completo del espíritu que la nutría. Eran, precisamente por eso, hipócritas. Esa religiosidad farisaica claramente no sirve, ni es religión auténtica. Por tanto si la religiosidad sin contenido te molesta, puedes estar tranquilo, porque a Jesús también.

2. Jesús era religioso

Resulta curioso pensarlo, pero de hecho Jesús era un fiel cumplidor de las prácticas religiosas del judaísmo. Era observante de la ley, como lo fueron también José y María. A diferencia de muchos de sus contemporáneos, sin embargo, no era solo un cumplidor externo, sino que llenaba sus prácticas religiosas de un profundo amor a Dios. Entendía el sentido de lo que hacía, y lo hacia con respeto y piedad a Dios. No vino a abolir la ley, sino a darle plenitud. Los católicos a veces no tenemos la más mínima idea del sentido de lo que hacemos. No le echemos la culpa a Dios de nuestra ignorancia o falta de interés por nuestra fe.

3. ¿Podemos no ser religiosos?

Muy difícil, si no imposible, amar a Dios sin ningún gesto externo. Prueba amar a alguien sin demostrárselo nunca…. Probablemente ese amor desaparecerá muy pronto, o nunca fue amor en realidad. No somos una abstracción o seres solo espirituales. Somos seres humanos, y como tales, necesitamos ver, sentir, tocar y expresarnos con todos nuestros sentidos. Lo más importante es lo interior, sin duda, pero eso interior se manifiesta a través de cosas externas.

4. Si amas a Jesús y lo conoces, vas a llegar a la Iglesia y a una religión auténtica

Un conocimiento honesto de la vida de Jesús, como se muestra en los Evangelios, nos podría llevar poco a poco a ver que Él quiso y fundó la Iglesia. No la quiso como algo meramente espiritual, sino con presbíteros y laicos, con elementos visibles como los sacramentos, con prácticas rituales que debían continuarse. Como todo lo humano, supo del riesgo de que entre los cristianos también hubiese fariseos y escribas hipócritas, que tan duramente criticó. Pero vio también la grandeza de lo visible, y quiso que a través de eso visible encontrásemos, experimentásemos y manifestásemos su amor.

La fe es una gracia que transforma nuestras vidas y la forma en que vemos el mundo. Como gracia que es, es necesario pedírsela a Dios continuamente y trabajar con perseverancia sobre ella. La conferencia online «¿Cómo puedo crecer mi fe?» puede ayudarte a encontrar las pautas para hacer más sólida tu fe. Recuerda compartir este post con tus amigos, en especial con aquellos que se cobijan en el argumento que debatimos en este artículo. 😉