¿Has reparado en la bendición que es tener buenos amigos? ¿En el apoyo que te han brindado en los momentos difíciles? ¿En lo feliz que te han hecho? Y si has tenido la oportunidad de reflexionar al respecto, también llegará a ti muy seguramente una sensación de nostalgia por aquellos que hoy ya no están presentes físicamente, pero que siguen haciendo parte de tu corazón.

La amistad es un regalo que la vida nos concede para crear vínculos profundos que se convierten casi que en sanguíneos. Por algo es común escuchar que la amistad es la familia que escogimos conformar. Jesús también nos mostró en diferentes momentos la importancia de contar con personas que le brindaran apoyo, comprensión y compañía. Te invito a detenernos en algunas escenas bíblicas para conocer el tipo de amistad que Jesús estableció y qué nos puede enseñar.

La amistad como protección emocional y espiritual

«Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo» Mt 26, 38. Jesús, llegada su hora, siente tristeza y recurre a sus discípulos para pedirles soporte espiritual y emocional; los siente tan cercanos como para hacerlos partícipes de un momento tan íntimo y nos muestra que en la tribulación está bien pedir ayuda y que no por eso debemos sentir que fallamos a nuestra fe.

Esta es una de las mayores riquezas de la amistad: tener amigos que con su sola presencia nos hacen sentir mejor, que son luz en los días de oscuridad, que son calma en medio de la tempestad. ¿Somos eso también para nuestros vínculos más cercanos? Y si aún nos falta, ¿de qué manera podemos hacerlo mejor?

Un lugar donde ser vulnerable

«Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro» Jn 11, 5. Sin duda, el vínculo que unía a María, Marta y Lázaro nos enseña cómo podemos ser hogar para otros. Jesús sabía que en ellos encontraba un lugar para el descanso del cuerpo y del alma. Allí había espacio para expresar la vulnerabilidad. Tanto los hermanos como Jesús no temían manifestar la molestia, la tristeza, la alegría.

En nuestra vida cotidiana, ¿somos nosotros esas «Betanias» para nuestros amigos, donde ellos pueden expresar sus dolores, problemas y alegrías de manera genuina, sin recibir juicio? ¿Sacamos tiempo, como lo hizo Jesús, para ir a visitarlos, para tener encuentros reales y no virtuales, que puedan fortalecer la conexión y generar recuerdos invaluables?

La amistad como entrega total

«Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos» Jn 15, 13. Jesús supo ver en la amistad un amor capaz de llegar hasta las últimas consecuencias, donde existía el compromiso de cuidarlo y de poner lo mejor de sí en beneficio del otro. Jesús nunca dejó solos a sus discípulos, les enseñó, cambió sus vidas, les prometió un auxilio para cuando Él ya no estuviera presente.

Entonces preguntémonos si la amistad que brindamos está dispuesta a ayudar a crecer al otro, a conducirlo por el camino de la santidad, o si se reduce simplemente a una relación gana-gana, donde lo fundamental es la obtención de un beneficio.

No todos ocupan el mismo lugar

«Seis días después, tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos…» Mt 17, 1-2. Si bien Jesús se mostraba cercano con la gente, estableció un grado de conexión más profundo con ciertas personas, es decir, tenía un círculo íntimo con el que compartía de manera diferente. Estaban los 72, los doce apóstoles, pero podíamos ver una amistad más cercana con Pedro, Santiago y Juan.

Esto nos enseña que está bien priorizar ciertas relaciones, porque por afinidad, tiempo, edad o confianza nos permiten encontrar la calidez y la seguridad que necesitamos para compartir lo bueno y lo difícil de la vida. Algunos se quedarán en un comentario público en nuestras redes sociales, mientras que otros saldrán corriendo a darnos un abrazo.

En estos pasajes hemos visto algunas características de la amistad que Jesús nos mostró y que hoy en día siguen siendo valiosas e incluso son indispensables en momentos donde la tecnología puede ofrecer conexiones rápidas, pero sin una verdadera comunión. Por tanto, revisemos qué tan profunda está siendo la amistad que brindamos, con qué frecuencia la alimentamos y pongamos al servicio de los demás ese don de ser compañía, soporte y amor.