Según los últimos estudios y estadísticas fundamentadas científicamente, del año 2005 al 2015, ha aumentado en la población mundial, más del 18% casos de depresión. Se calcula, además, que hay 300 millones de personas con cuadros depresivos y la depresión es la segunda causa mundial de muertes. No en sí mismo, sino como origen de otros males. Es sorprendente como se habla, estudia e investiga cada vez más acerca de la felicidad, aunque surjan más y más casos de depresión y otros tipos de trastornos de ánimo a niveles poblacionales.

Ya hablamos de problemas de salud pública. Hace pocos años, la primera ministra inglesa se vio obligada a crear el Ministerio de la Soledad. Puede parecer algo «de locos». Pero resulta que la soledad es mal que padecen más de nueve millones de personas, además, son más de dos millones de adultos mayores, que están prácticamente «abandonados» en casas-hogar. Pueden pasarse, en muchos casos, más de un mes sin hablar con ningún familiar. La verdad es que podríamos compartir muchos otros datos que son, literalmente, para «jalarse de los pelos».



¿Estamos creados para la felicidad o la depresión?

Pienso yo hace algún tiempo, y también algunos estudiosos de este tema, hablamos de una «dictadura de la felicidad». Es como si te dijeran que eres un «caso raro», si no te sientes feliz. Pues se enseña y se divulgan tantos tips y «consejos» para alcanzar la felicidad, que es algo «extrañísimo» que alguien — actualmente — diga que no es feliz. La verdad, es que la cantidad de casos clínicamente reportados como depresión, no creo  — lo digo por estar hace ya años estudiando este tema, investigando, leyendo…— que sean la razón del profundo sin sentido y vacío existencial que muchos viven o vivimos.

Diría que la depresión es como la fiebre. Sabemos que, normalmente, la fiebre nos indica que hay un problema más serio en nuestro organismo. Obviamente, debemos bajar y curar la fiebre. Lo mismo — digo yo — pasa con los cada vez más casos de depresión. Nos señala que hay un problema mucho más profundo, grave y de proporciones más arraigadas en la vida de las personas. Debemos, obviamente tratar la depresión. Pero si no «atacamos» las verdaderas causas, entonces, cuando «dejas de tomar las pastillas — mágicas — regresa el mismo sentimiento o experiencia interior».



La depresión vista como un estigma social

Se podrían hablar muchas cosas, desde las causas, síntomas, personas que no recurren a un médico, amigos o los mismos familiares que no nos damos cuenta de qué está pasando con mi hijo, mi hermano o mi amigo. Sin embargo, con algunos años de experiencia en estos temas, puedo sugerir tres actitudes que son importantísimas, fundamentales —diría yo— indispensables, para ayudar personas que están pasando por un tiempo depresivo, o tiene una depresión crónica para el resto de sus vidas.

Sin embargo, no quiero seguir adelante sin antes decir que estas enfermedades — según la gravedad que tienen— psiquiátricas, son susceptibles de tratamiento, terapias e, incluso poseen para la mayoría de los casos, fármacos muy específicos para ayudar a «regular» las funciones cerebrales que no son saludables. Así como por ejemplo, un diabético que no puede comer mucho azúcar, debe inyectarse diariamente insulina. ¡Todos los días, religiosamente! Lo mismo sucede con las personas que padecen
estas enfermedades psiquiátricas.

No hace mucho más de 30 años, que la medicina, prácticamente, no era capaz de proporcionar los medicamentos e incluso, proporcionar al enfermo una terapia científicamente estudiada. Entonces, ya no son — actualmente — una suerte de «tabú», que nadie tenía el coraje de decir que alguien en su familia tenga un familiar con dicha enfermedad. Sin embargo, todavía no hay una aceptación normal hacia las personas depresivas. No pretendo sobre generalizar. Sería un grave error de mi parte. Pero, sucede que, es incluso para los mismos familiares del enfermo, una especie de estigma.

Si para el mismo enfermo no es fácil verse a sí mismo y manejar su vida de una forma común, normal como cualquier persona (lo digo porque son muchos casos que tienen una buena recuperación con un tratamiento adecuado), pueden hacerse una idea — olvidémonos un rato de los familiares — de cómo se acercan los demás, a esa persona, quizás, con un cuadro crónico depresivo, que deberá cargar como su cruz hasta «que la muerte los separe».

¿Cómo me acerco?, ¿cómo lo trato?, ¿cómo lo corrijo si veo que hace algo que no lo ayuda?, ¿qué hago si veo que está «perdiendo el control»? Podríamos seguir… simplemente quiero que conste que, todavía no es una enfermedad como cualquier otra. Muchísimas personas con cáncer viven situaciones muchísimo más complicadas que un depresivo. Pero el cáncer no tiene ese «estigma» social. Estas son algunas sugerencias:

1. Es importantísimo escuchar

Es claro que existen distintos niveles de depresión. La persona que la sufre y padece y por tanto, presenta los síntomas «protocolares», no quiere salir de la cama, no quiere hacer nada, etc. Pero esas faltas de ánimo, de no querer hacer nada, de ver todo «gris» — escúchenme bien — no son lo peor.

Lo peor son la cantidad de pensamientos negativos que inundan la conciencia, y no permiten abrir los ojos, para descubrir que existe un horizonte, que la vida tiene sentido, que no todo terminó. ¿Qué quiero decirles con esto? Además de escuchar y dedicar tiempo — de mucha calidad — a alguien que te busca para conversar, es fundamental recordar, una y otra vez, que su vida tiene un horizonte, que tiene un camino para realizarse personalmente y alcanzar su plenitud. Es fundamental repetirlo «hasta el cansancio» y con mucha paciencia si fuere el caso. Es parte de la cruz que aceptamos cargar, si queremos ayudar a personas deprimidas.

Esa pérdida de horizonte, la pérdida de esperanza es una pendiente que, difícilmente se puede remontar, cuánto más se arraiga la depresión. Por ello, además de las pastillas, las terapias psicológicas, es indispensable que la persona se abra a una realidad sobrenatural, espiritual y, si es posible, descubra que hay una persona que la acompaña en su sufrimiento: el Señor Jesús.

2. Romper el círculo en forma de espiral

Ese círculo en el que las disfunciones neurológicas se alimentan de las ideas que empieza a tener la persona depresiva, las cuáles aumentan y se intensifican en la medida que empeoran las sinapsis cerebrales. Se van nutriendo mutuamente, haciendo que la persona sea cada vez menos capaz de manejarse y ser dueña de sí misma. Su situación empieza a ser cada vez más esclavizante. ¿Qué hacemos para sacarla de ese espiral depresivo? Hay que sacarla a pasear, a tomarse un café, a caminar por el parque, sentarse y admirar la naturaleza.

Eso ayuda a que la persona, poco a poco — el que ayuda debe ser muy consciente que este proceso toma tiempo, según cada persona, su gravedad, etc. por ello es fundamental la paciencia, constancia, perseverancia y horizonte espiritual — se de cuenta que «existe vida» más allá de su enfermedad.

3. Vivir el amor

Diría yo, lo más importante y esencial: vivir el amor. Eso implica la relación con otras personas. Algo extremamente común en personas depresivas es que ya no quieran relacionarse, incluso con sus mejores amigos. Por muchísimas razones. Sin embargo, el esfuerzo — ahí también tenemos que ayudar — por salir de sí mismo y vivir un encuentro con otras personas, el establecer vínculos de amor con los demás, hace que yo no sea el «centro de la realidad», y mi enfermedad no es «el centro de mi
existencia».

Poquito a poquito, uno deja de «morderse la propia cola» o «mirarse solamente el propio ombligo». Ese amor me saca de mi mismo. Empiezo a preocuparme por los demás, a darme cuenta de que los demás también tienen problemas, distintos, pero tan problemas como los míos. Es más, el sufrimiento que un deprimido experimenta, es un «ingrediente» muy fuerte, para que sea capaz de empatizar con el sufrimiento de la otra persona.

Si se dan cuenta, la persona, empieza a descubrir que su propia situación depresiva, puede ser motivo para ayudar a otras personas. Eso, obligatoriamente, ayuda a que se «ponga la depresión en el sitio que le corresponde». La vida es mucho más que ese trastorno del ánimo. Por más complicado y pesada que sea la Cruz, la vida no se reduce a ello.

Y nosotros… ¿qué podemos hacer?

Para decir la verdad, se pueden hacer casi una infinidad de cosas. La vida tiene tantas riquezas y posibilidades, que no hay un «protocolo» para las relaciones personales con personas depresivas. Obviamente, hay mucho material y estudios avanzados para saber cómo relacionarse y tratar con personas deprimidas. Pero, diría yo, son las personas que viven el día a día con ese enfermo, quiénes deben y pueden, literalmente, descubrir qué es lo mejor para ese (a) pariente. Les quiero proponer tres actitudes o comportamientos que podemos tener con una persona que padece ese trastorno.

1. Promover una relación personal offline

Primero, cultivar y promover una relación personal offline. Las relaciones que podemos tener a través de las pantallas no son malas, tampoco las quiero satanizar. Todo lo contrario. Creo que son muy buenas, y facilitan muchas situaciones complicadas. Sin embargo — creo que no es muy difícil estar de acuerdo con esto — poder mirarse a los ojos, recibir un cariño, un beso, «absorber» los sentimientos y emociones de amistad, compañía y amor es algo casi imposible por las redes sociales, con todo lo bueno que puedan tener.

2. Tocar el corazón de la otra persona

Segundo, hay una frase del famoso escritor Saint Exupery, en su libro «El Principito», que todos los que lo han leído deben recordar. Una de las frases centrales y más célebres del autor: «Lo esencial es invisible a los ojos». Llegar, tocar, sentir el corazón de la otra persona. Esto se hace cuando estoy físicamente con mi amigo que padece la depresión. Ese nivel de relación humana no se vive por medio de la tecnología.

3. Retomar la sintonía con mi interior

Tercero, yo mismo tengo que aprender o retomar la sintonía con mi interior, con mi corazón. Si yo no soy capaz, perdí la brújula de mi propia vida. Es, literalmente, imposible establecer un vínculo íntimo con la persona, dándole un sentido y horizonte, que no tiene actualmente. Ya conocemos el dicho: «nadie da lo que no tiene».

El amor personal como la «pócima mágica». Como toda enfermedad, la depresión necesita un tratamiento médico y una terapia de acuerdo con la gravedad de la situación. Sin embargo, la posibilidad como personas que somos, para vivir el amor, sigue presente en el paciente. Esa capacidad, que puede estar «un poco dañada» por los golpes y reveses de la vida, no deja de ser un camino o senda fundamental para que la persona deprimida descubra que tiene un horizonte infinito de despliegue y realización personal.

El llamado e invitación que tenemos todos al amor, no desaparece, más allá de la enfermedad que tengamos. Es más, creo yo que — a excepción de casos extremos, en los que la persona está realmente incapacitada para establecer relaciones — una persona depresiva tiene muchas experiencias interiores. Se choca con tantas «paredes», se enfrenta con tantas experiencias humanas extremas, que puede comprender y ayudar a muchos que, aunque no padezcan de una depresión, están pasando por algún dolor o sufrimiento en su vida actual.