Es visto como un pecado, de hecho, uno de los feos. Ser ambicioso y querer más de lo que se tiene, en estos tiempos de economías de libre mercado y competencia, también es visto como un valor y muchas veces los “ambiciosos” son felicitados por sus superiores al demostrar esa hambre de más, ese empeño por conseguir logros y alcanzar metas.

Por definición la ambición es el «deseo intenso y vehemente de conseguir una cosa difícil de lograr, especialmente riqueza, poder o fama» y visto así, podemos aplicarlo a muchas de nuestras luchas espirituales y de nuestros más grandes desafíos personales, siendo la ambición, una característica que podríamos esperar de un cristiano, de alguien que no se conforma sino que desea más.


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Al mismo tiempo, podría verse como una actitud desordenada cuando el poseer se convierte en la meta más allá del ser; en donde el logro se premia sin importar lo que se haya hecho para alcanzarlo, en donde el camino, el proceso, lo recorrido pierden valor si finalmente no se obtiene lo deseado. Si y no. La ambición, aunque en esencia no es mala, puede llevarnos por caminos de pecado, egoismo e incluso llegando a destronar a Dios del centro de nuestra vida. Por eso te invito a mirar cómo convertir una actitud potencialmente pecaminosa, en una virtud espiritual que todos deberíamos buscar.

1. Camino incorrecto: Deseos de reconocimiento y legado perpetuo

 Es natural que necesitemos ser reconocidos, que cuando se nos vea se diga bien de nosotros, que la gente tenga buenas referencias sobre nuestro desempeño, características personales, profesionales, académicas, etc. Todos deseamos ser amados y aceptados por la gente. Esto responde a una necesidad de dejar huella, de que nuestro paso por la tierra marque no solo la vida de los que tenemos al lado, sino de muchas personas. El problema está cuando esos deseos de reconocimiento, de legado y perpetuidad, se convierten en una ambición desmedida, que vulnera a los demás, que solo sabe de fines, sin importar los medios o las consecuencias con tal de lograr lo esperado. Ser el primero de la clase no es intrínsecamente malo, pero si para lograrlo mis esfuerzos no solo están puestos en mejorar, sino que perjudicar a los demás, hacerles zancadillas y dificultades el camino, si sería un pecado más o menos grave.

Camino de virtud: Hambre de infinito

«Dios, en efecto, después de la caída (de Adán y Eva) alentó en ellos la esperanza de la salvación como promesa de la redención, y tuvo incesante cuidado del género humano, para dar la vida eterna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras» (CIC 55).


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Si nuestra ambición se transforma en un deseo insaciable por alcanzar a Dios y si reconocemos que ese deseo viene del mismo Dios, entonces se convierte en una virtud. Sin duda, la Iglesia como comunidad universal reconoce este camino que algunos cristianos han recorrido excepcionalmente y a muchos de ellos los ha elevado a los altares. No creo que ningún santo haya hecho todo lo que hizo pensando en que, luego de fallecido, su cara estaría en estampitas y se pondría su nombre a diferentes templos en distintos lugares del mundo. Sin duda dejaron una huella, pero su ambición más grande era la vida eterna y que todas sus acciones fueran construyendo una habitación para ellos en el cielo y no dejar un legado imborrable en medio de sus hermanos. Esto último, es un fruto, reconocido y admirado, pero santo cuando es justamente eso, un fruto.

2. Camino incorrecto: Demostrar mi superioridad

Es lo que el mismo Jesús criticaba de los fariseos que pintaban ojeras en sus rostros y caminaban lánguidamente para demostrar lo “santos” que eran al someterse a largos ayunos. Nos pasa también hoy en día y lamentablemente muy frecuentemente en el plano espiritual.

Tengo varios amigos seminaristas, todos ellos rectos varones y estoy convencido de su vocación sincera, pero muchas veces, como broma les digo que en lugar de preocuparse por servir, por crecer, están preocupados por quien tiene el pantalón más negro o quien es capaz de levantarse más temprano para llegar a rezar a la capilla en la madrugada. Como si la abnegación, la pulcritud, la solemnidad y el decoro no fueran una ofrenda a Dios sino que una competencia para demostrar quién es más santo. Nos pasa también a los laicos, sobre todo a los que hacemos apostolado y que nos las “sabemos todas”; que a cada reunión que vamos no podemos evitar levantar la mano para opinar e iluminar a todos los demás que seguramente caminan en las tinieblas y el error. Nos creemos mejores y sin quererlo, ensuciamos nuestras buenas intenciones con estos deseos de demostrarle a los demás lo buenos que somos y por ende lo superiores y más aptos para tal o cual cosa.

Camino de virtud: Probar mis capacidades para mejorar

Cuando era un “recién converso” tuve la bendición de que mi párroco de ese entonces siempre me invitó a ayunar no solo alimentos, sino que todo tipo de cosas. Desde horas de televisión, de teléfono, de descanso, de sueño. El objetivo era, por una parte, ofrecer esos sacrificios a Dios, pero al mismo tiempo entrenar mi fuerza de voluntad y ver hasta dónde era capaz de dominarme a mí mismo, para que, cuando llegara una prueba difícil y tentadora, tuviera la fortaleza espiritual para soportar y permanecer firme. Sin duda esos tiempos fueron el entrenamiento que me ayudó a caminar en las profundidades de la fe. Probarme a mí mismo no solo para batir records de más días sin comer o sin ver tele, sino para reconocer aquello que podía lograr con mis fuerzas y con la ayuda de Dios. Pero sobre todo aquello que podía alcanzar cuando mis fuerzas se acababan y solamente quedaba la gracia de Dios sosteniéndome y para que todo lo logrado fuera enteramente mérito suyo.

Reconocer nuestros límites y exponernos a ciertas tensiones con prudencia y cuidado es un ejercicio espiritual muy provechoso que sirve si lo atesoramos en el interior para ofrecerlo a Dios, no para contarlo en público como mérito de nuestra santidad y fuerza de voluntad.

3. Camino incorrecto: El logro y el premio como el fin

Marcelo Bielsa, un reconocido entrenador de fútbol argentino, dentro de su filosofía deportiva planteaba que nos hace mucho mejor perder que ganar. El triunfo enceguece, aturde, encandila; además, después de ser campeón mundial de algo, ¿qué viene? Por otra parte, la derrota, aunque vergonzosa y dolorosa, deja muchas más enseñanzas, nos ayuda a crecer como no lo hace una medalla o una copa.

No es que despreciemos los logros, pero que estos sean nuestro único fin, tiene una pata coja, pues en efecto, tiene fin. Mejor es buscar algo que no termine, que no acabe con el solo hecho de haberlo alcanzado, pues esa ambición se convierte en insaciable con las consecuencias nefastas que trae: la frustración, el desánimo y la falta de motivación cuando ya no se sabe qué más tener. Algo así como lo que les ocurre a quienes dependen de fármacos o drogas, que aumentan su tolerancia y requieren de dosis siempre mayores para lograr lo que antes hacían con poco.

Tener un medallero y una vitrina con trofeos en medio de la casa o en el corazón, es envidiable, pero si la vida gira en torno a eso, se ha perdido todo el sentido, pues, ¿qué pasará cuando ya no se pueda correr, competir, alcanzar y lograr?

Camino de virtud: Desear dones para ponerlos al servicio

San Pablo nos dice «aspiren a los dones más perfectos» (1 Corintios 12, 31) pero lo curioso es que lo dice después de haber enumerado todos los dones espirituales que el Señor nos puede dar. Nos invita a ser ambiciosos en cuanto a obtener de Dios esas gracias que nos capacitan para más, que nos llevan a alcanzar aquello que, por nuestras propias fuerzas no podríamos. Ese don más perfecto al que san Pablo se refiere es el Amor. Que de nada vale lograr y tener todo la vida si no tenemos amor; que incluso de nada vale tener un camino espiritual sobresaliente y digno de una película, sino no tenemos amor; que seríamos simples campanas que resuenan, que incluso dar todo lo que tenemos a los pobres no vale de nada si no lo hacemos con amor.

Es por eso que la mayor de nuestras ambiciones, mucho más allá de poseer dones espirituales, sea la de amar; amar como Jesús nos amó, ofreciendo la vida, poniéndonos al servicio de todos, desgastando nuestras manos, espaldas y corazón por quien no puede, sin esperar medallas, trofeos o nuestros rostros en una estampita. Por eso nos invita a pedir incansablemente los dones espirituales que Dios tiene para nosotros por medio del Espíritu Santo, que perseveremos en ese camino con santa ambición, pero sobre todo que pidamos a Dios más amor para amar mejor.