Alfie nos ha dejado. En una conmovedora nota su padre le ha dado el adiós: «Mi gladiador dejó su escudo y ganó sus alas».

En los últimos días de marzo, el juez, a instancia de los médicos del hospital, decidió unilateralmente, sin que los padres lo solicitaran, la desconexión del soporte vital de Alfie. ¿Qué quiere decir esto? Que a Alfie se le quitaría la asistencia respiratoria, la alimentación y la hidratación para que muera de hambre, sed o asfixia. Según el establecimiento médico, el bebé, nacido el 9 de mayo de 2016, sufría una patología neurodegenerativa rara y para la cual no existía tratamiento. Sus médicos consideraban que no era conveniente continuar tratándolo.



La posición del juez de la causa es terriblemente cínica y fría: en una audiencia le pidió a Tom, padre de Alfie, que no volviera por el juzgado porque estaba harto de tener que pasar por “el día de la marmota judicial de verlo todos los días pidiendo lo mismo”. El lunes 23 de abril a las 22:17, el pequeño Alfie, por orden judicial, fue desconectado de todo soporte vital, y los padres fueron obligados a presenciar la agonía de su hijo, sin comodidades, porque hasta los sillones que había en la habitación fueron retirados. Pero el pequeño Alfie dio la sorpresa que nadie esperaba: comenzó a respirar por sí mismo. Los médicos habían pronosticado que retirada la asistencia respiratoria, la muerte del pequeño sería inminente. Pero nada de eso sucedió, y 24 horas después, el hospital tuvo que volver a dar asistencia respiratoria al pequeño héroe. Ante esta novedad, la Directora del Hospital “Bambino Gesú” de Italia, se traslada a Inglaterra para poder evaluar el caso y gestionar el traslado del pequeño a Italia, donde se lo atendería, sin costo para los padres ni para la corona británica.

Pero los jueces vuelven a fallar en contra, y dejan a los padres y al pequeño gigante en un vacío legal, esperando que alguna nueva infección hospitalaria termine con esa molestia, y dejando a los padres desprotegidos. La justicia no defiende al más débil, y la medicina no cura al enfermo, sino que ambos se confabulan para que muera pese al deseo de los padres.



El caso de Alfie deja abiertos muchísimos interrogantes. Se nos presentó a la “eutanasia” como la “muerte dulce”, una medida compasiva para cuidar a quienes sufren “innecesariamente”, y que todo era por compasión. Pero parece que no es así. La muerte decretada contra Alfie es incluso discutida por el personal médico de la Clínica. Trascendió un audio grabado de varias personas que trabajan allí, sorprendidas por la dureza del juez y los directivos de la clínica, diciendo que “el hospital encubre algo muy grave”, y además dejan ver que cualquiera que deje trascender algo del caso puede ser echado. Todos estos interrogantes me llevan a plantear tres puntos que considero claves en este caso.

1. Nadie, sino Dios es dueño de la vida

Alfie fue solamente una variable en un sistema económico de salud. Y como es “caro” y no tiene diagnóstico, los poderosos de este mundo lo descartan. Es “la cultura del descarte”, tantas veces denunciada por el Papa Francisco, como cuando dijo:

«Como quisiera que, como cristianos, fuésemos capaces de estar al lado de los enfermos como Jesús, con el silencio, con una caricia, con la oración. Nuestra sociedad, por desgracia, está contaminada por la cultura del descarte, que es lo contrario de la cultura de la acogida […] las víctimas de la cultura del descarte son precisamente las personas más débiles, más frágiles. Esto es una crueldad».

Solo Dios es quien da y quien quita la vida. La soberbia de los médicos, y la visión economicista de los tecnócratas, decidieron que la vida de Alfie no “vale la pena” y que los “gastos” que genera son “inútiles”. Pero Dios tiene un plan para cada uno, y el plan para Alfie está demostrando que pasa por encima de los poderosos. Y eso los pone nerviosos. 

2. El amor de los padres es incondicional

Y estos padres son un ejemplo hermoso. Sabían que su hijo era un enfermo probablemente terminal. Sabían que probablemente le quedaba poco tiempo de vida. Y no les importó. Lucharon, incluso contra los poderosos del mundo, para poder ayudar a su hijo a que pase todo el tiempo de su vida en esta tierra con ese amor completo, incondicional. Esto sería heroico en gente muy madura, pero estos papás ¡tienen 21 y 20 años! Son un ejemplo para muchos otros, incluso para “viejos lobos de mar”, padres que han dado su vida por su familia. Estos papás han demostrado una voluntad de hierro y una valentía inigualable. Quisieron pasar todo el tiempo posible con él, pero al mismo tiempo, no dejaron de luchar para que sea atendido por otros médicos, por otro hospital, por otra corte. El Papa Benedicto XVI dijo con respecto a esto:

«La verdadera respuesta no puede ser la de provocar la muerte, por más ‘dulce’ que sea, sino testimoniar el amor que ayuda a afrontar el dolor y la agonía de manera humana […] podemos estar seguros: ninguna lágrima, ni de quien sufre ni de quien está a su lado, se pierde ante Dios».

Estos padres son un excepcional ejemplo de esto: le quisieron dar a su hijo la agonía más humana y amorosa que pudieran darle, aun cuando los poderosos del mundo le dieron la peor muerte posible.

3. La cultura de la muerte mata

¿No era que la eutanasia era una “muerte dulce”? ¿No era que era una medida “compasiva” para aquellos que no querían sufrir? ¿Por qué de pronto se impone al débil, al más pequeño? ¿Por qué un “alguien” de pronto significa un “costo” y por ese costo ese “alguien” tiene que dejar de existir? ¿No es que la medicina debería buscar sanar al enfermo? ¿Por qué no se investiga la enfermedad de Alfie para que no vuelva a sucederle a otros niños más adelante? ¿Solo porque es caro? En realidad, el problema es que una vez que se decide que algunos merecen vivir y otros no, entramos en la lógica de la cultura de la muerte. Lo que trae a mi memoria la frase de Gandalf en el Señor de los Anillos:

«Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos».

La cultura de la muerte es este modo de entender la vida utilitariamente: si es útil, puede vivir, pero si no lo es hay que eliminar esa vida. Pero nadie sabe el final de todos los caminos y Alfie nos puede enseñar una lección valiosa: que cada vida vale por sí misma, más allá de su utilidad o su sentido.

Alfie Evans y sus Padres se enfrentaron a todo este poder omnímodo, como Don Quijote a los molinos de viento. Es posible que salgan maltrechos del encontronazo. Y todos los que les decían que estaban locos, que están luchando contra gigantes, verán, tal vez, dentro de unos años, que los que parecían locos estaban completamente cuerdos. Porque «Dios escogió lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios, y escogió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos» (I Co 1, 27).

Quiera Dios que en sus lápidas pueda escribirse el mismo epitafio de Don Quijote:

«Yace aquí el hidalgo fuerte

que a tanto estremo llegó

de valiente, que se advierte

que la muerte no triunfó

de su vida con su muerte.

Tuvo a todo el mundo en poco,

fue el espantajo y el coco

del mundo, en tal coyuntura,

que acreditó su ventura

morir cuerdo y vivir loco».